For the love of God (24): Why I love Dorothee Soelle

A original post by Kim Fabricius

 

This is my fourth post in the series. I admit it: I’m a promiscuous pilgrim who likes to sleep around! I can also be fickle. Dorothee Soelle is a good example: while I love her dearly, she also gets on my nerves. But then so does my wife!

I discovered Soelle in the late seventies when I came across her little Political Theology (1971) in a second-hand bookshop. She did not come well recommended, as my main man Barth had said of her “that that woman should keep silence in church!” Nevertheless, there was something passionate and powerful about this working mother who would not shut up.

Soelle was certainly a persona non grata in the German theological establishment: never was she offered a chair in her homeland. But then Deutschland’s loss was New York’s gain, as Soelle became a professor at Union Theological Seminary (1975-1987). She thrived in the cultural pluralism and social activism of the Big Apple, which markedly influenced her theology, an eclectic mix of politics and poetry, mysticism and ecumenism. No ivory tower academic, Soelle visited both Vietnam and Nicaragua in the cause of her praxis of peace and justice.

Sure, Soelle’s fragmentary work lacked academic rigour and failed to engage both with tradition and with the theological heavyweights of her time. And, yes, her obsession with the Holocaust clouded her judgement when it came to contemporary Israeli politics. But the theological scene of the last three decades of the twentieth century would have been the poorer without this godly gadfly, who died in 2003, aged 73, while leading a workshop in Bad Boll. Just hours before, Soelle had read some protest poetry on the war in Iraq, but ended with words she had written to her grandchildren: “Don’t forget the best!”

Juxtaposing Soelle’s flawed theology with her political instincts and commitments, I am reminded of a conversation between Karl Barth and Martin Niemöller. Barth: “Martin, I’m surprised that you almost always get the point despite the little systematic theology that you’ve done!” Niemöller: “Karl, I’m surprised that you almost always get the point despite the great deal of systematic theology that you’ve done!”

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Grace Paley, escritora y activista

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Por: Rodrigo Fresan

Grace Goodside, hija de ruso-ucranianos exiliados por orden del zar, nació en el neoyorquino barrio del Bronx en 1922. Firmó sus libros como Grace Paley. Falleció el pasado miércoles 22 de agosto [2007] en Thetford Hill (Vermont). Tenía 84 años de edad.

Una guía de escritores elaborada en el año 2000 por la revista digital Salon.com lo dice con las palabras justas y segura de que nadie podrá rebatir semejante afirmación: “Raramente se encuentran lectores a los que les gusta Grace Paley; porque a Grace Paley se la ama”. Y punto.

Hija de ruso-ucranianos socialistas exiliados por orden del zar en 1906 y nacida en el neoyorquino barrio del Bronx en 1922 como Grace Goodside (deformación anglo de Gutseit), Paley firmó siempre con el apellido de su primer y efímero marido apenas tres libros de relatos, breves en páginas pero inmensos en logros, que fueron más que suficientes para convertirla en una admirada Gran Dama de las letras de su país: Batallas de amor (1959), Enormes cambios en el último minuto (1974), Más tarde el mismo día (1985) todos reunidos en 1994 en Cuentos completos (Anagrama), que resultaría finalista tanto del National Book Award como del Pulitzer. Un joven Philip Roth fue quien, exultante, reseñó su primera obra en las páginas de The New Yorker. Pronto Susan Sontag, Donald Barthelme, Angela Carter y -más cerca, más jóvenes- Lorrie Moore y A. M. Homes se unieron y seguirán uniéndose al festejo.

Paley gustaba de definir lo suyo, con modestia, como “historias sobre gente normal” y se la puede ubicar sin demasiados problemas dentro de la tradición inmigrante-judeo-americana junto a Henry Roth, Isaac Bashevis Singer, Bernard Malamud y Saul Bellow. Lo que no impide distinguir, sin esfuerzo, sus rasgos más que particulares. Una ácida mirada femenina dentro de un territorio hasta entonces reservado a los hombres y una incansable necesidad de renegar de ciertas tradiciones ancestrales sumada a una pasión por oponerse a poderosos y opresores. Esto la llevó -ya desde la década de los cincuenta del pasado siglo, a propósito de la proliferación de armas atómicas- a convertirse en una respetada activista y “feminista a la que le gustan los hombres”, que alcanzó gran renombre durante las marchas contra la guerra de Vietnam. El título de uno de sus ensayos lo dice todo de su carácter: 365 razones para que no haya otra guerra. Paley -que gustaba presentarse como “pacifista combativa” o “anarquista cooperadora”- fue arrestada en 1978 por desplegar un estandarte antinuclear ante la Casa Blanca y siguió protestando hasta el último día contra la invasión de Irak.

Tal vez tanto movimiento atentó contra la quietud de la escritura de una muy esperada novela por parte de sus editores. “El arte es muy largo y la vida es muy corta”, se excusó Paley, quien reconocía ser “poco disciplinada” y alguien que supo “desarrollar hábitos de trabajo, pero todos malos”. Aun así, lo cierto es que sus ficciones cortas pueden leerse y apreciarse como una suerte de amplia y luminosa saga desarticulada, con personajes que desaparecen y reaparecen (la madre divorciada y de izquierdas Faith Darwin, en varios de sus cuentos, puede ser entendida como un transparente álter ego suyo aunque Paley prefería llamarla “una amiga muy cercana”, prosa precisa que anticipa modales posmodernos y finales donde nada parece acabar del todo. Uno de sus relatos más célebres Una conversación con mi padre, en Enormes cambios… funciona como credo estético a la vez que declaración de principios. Allí, un padre enfermo se queja de la vaguedad de los finales de su hija escritora y le pide, casi como última voluntad, “una historia sencilla, como las que escribía Maupassant o Chéjov, como las que solías escribir tú”. La hija lo intenta, quiere complacerlo; pero ya no se le ocurren ese tipo de tramas porque ahora “desprecia esa línea absoluta entre dos puntos y porque todos, reales o inventados, se merecen el destino abierto de la vida”. Así, el padre pierde y nosotros ganamos.

En lo que a Paley se refiere, ella consideraba que “la única obligación de un escritor pasa por dejar en este mundo un poco más de justicia de la que encontró al llegar”. Misión cumplida y -a su padre le habría complacido- final cerrado. Y también, de algún modo, a pesar de la tristeza del adiós, final feliz.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de agosto de 2007.

http://elpais.com/diario/2007/08/27/agenda/1188165601_850215.html

Hombres, devolvednos la cortesía

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Por Elvira Lindo
Este sábado quiero hablarles de un libro que viene muy a cuento. Conviene que comencemos a leer y hablar de política sin entregar la voz cantante al paso que marcan nuestros diputados. Hoy quiero mostrarles mi entusiasmo por un libro que ve la luz esta semana, La importancia de no entenderlo todo, de Grace Paley. Esta mujer fue tantas cosas que casi no sabe una por dónde empezar. Nació en 1922 en el Bronx y murió en 2007. Algunos la conocimos por la edición que Anagrama publicó de sus cuentos y ese único volumen sirvió para que algunos la amáramos. Alguien dijo que a Paley se la lee para amarla. Pero el libro que me encantaría que leyeran es una recopilación de sus experiencias como activista. Grace, con esa familiaridad se la nombraba, llegó al feminismo, a la literatura, al activismo contra la guerra del Vietnam, a las protestas sociales inspirada por su vida diaria. Era una de esas amas de casa, al estilo de Alice Munro, que escribían a ratos en la cocina, cuando los niños estaban en la escuela, pero al contrario que Munro su espíritu fue siempre social, alegre, comprometido, gregario, callejero, valiente. No vivió la maternidad de manera conflictiva, sino que se sirvió de ella para escuchar la voz de las mujeres y entablar conversaciones en los parques del barrio. Grace nos cuenta su crianza en un hogar de judíos rusos que encontraron en Nueva York refugio tras ser expulsados por el zar. En las conversaciones familiares encontró su primera instrucción política, por ser sus padres socialistas, pero a lo largo de su vida optaría por el compromiso con las causas concretas.

Todo está contado en la prosa de Grace de manera tan vital y alegre que parece que a esta mujer no le costara trabajo dejar a los críos de la escuela para unirse luego a los que tozudamente se manifestaban contra la guerra. Una de aquellas sentadas la llevó a la cárcel durante unos días y esa experiencia está en el libro. Tiene la facultad de encontrar la comedia y la humanidad hasta en tan crudas circunstancias. Estar en la cárcel fue una manera de entablar conversación con las otras presas, prostitutas, rateras, drogadictas, madres como ella; en la maternidad encontró Paley la ternura y el coraje.

La leo y siento que me contagia su falta de miedo y su resistencia ante la adversidad. Sus editores le reclamaron desesperadamente una novela pero ella no amaba tanto la literatura como para dejar de intervenir en los conflictos que agitaron su tiempo. Todo se cuenta a través de su vida, comenzando por sus reflexiones sobre el aborto, que entiende como una dura experiencia aunque confiesa no haber sentido culpabilidad alguna. Escribe lo que piensa. Ahí reside el valor de su voz. Una puede imaginar a esa mujer inquieta de pelos siempre alborotados entablar una conversación con uno de los policías enviados para dispersarlos. Encuentra al ser humano en cualquier ser humano.

Defensora de la resistencia pacífica, empecinada, que no se rinde, que apela a la desobediencia civil si es preciso. Junto a otras madres tozudas consiguió detener los planes del director de obras públicas de NY, Robert Moses, de atravesar Washington Square con una autopista. Fueron esas mujeres, lideradas por Jane Jacobs, las que plantaron cara al Ayuntamiento y se atrevieron a reclamar una ciudad más amable para sus hijos. La presencia de los niños en este libro es constante, y sí, señores, hablamos de política. Grace viaja a Vietnam para observar que la guerra desbarata tan abrasivamente la vida de la gente común que ya nada volverá a su ser. Los niños muertos, los niños huérfanos, pero también los niños que se quedan atrás en las clases de lectura de los colegios públicos de su barrio. ¿De dónde sacaba la fuerza esta mujer?

De fondo, siempre se aprecia, por supuesto, la lucha de una sociedad de iguales, hombres y mujeres, blancos y negros. Cuenta que en un viaje hacia el sur, cuando los negros tenían prohibido ocupar los asientos de los blancos, Grace le ofrece a una madre que de pie carga con su niño dormido, llevarle al crío en sus brazos. Un hombre blanco, observa la escena, mira al bebé con desprecio y dice, “ése tendría que estar colgado de un gancho”. Grace abraza al bebé que duerme confiado en sus brazos y es, dice, como si hubiera sido un presentimiento del nieto (también negro) que muchos años después amaría.

Hay que leerla. La política no puede dejarse solo en boca de los políticos. Cierras el libro queriendo parecerte a ella, a la feminista que amaba a los hombres, y que decía con sorna: “Las mujeres han comprado libros escritos por hombres desde siempre, y se dieron cuenta de que no eran acerca de ellas. Pero continuaron haciéndolo con gran interés porque era como leer acerca de un país extranjero. Los hombres nunca han devuelto la cortesía”.

Publicado en:

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/12/09/actualidad/1481293431_617270.html?id_externo_rsoc=FB_CC

Marcella Althaus-Reid: Santa de una espiritualidad sexualmente encarnada

Marcella Althaus-Reid fue una gran teóloga queer cuyos libros incluyen La Teología Indecente (2000) y Il Dio Queer (2003). Nacida en Argentina, se convirtió doblemente en la primera profesora de teología en toda Escocia y la primera mujer designada en una cátedra de teología en la Facultad de Teología de la Universidad de Edimburgo, Escocia, en 2006. Mantuvo ese puesto hasta que murió — a los 56 años de edad — el 20 de febrero de 2009, hace cinco años. He aquí una reflexión sobre su vida y obra de un docente e investigador que la conocía personalmente.

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Marcella Althaus-Reid

(Rosario, 11 de mayo de 1952 – Edimburgo 20 de febrero de 2009)

Marcella Althaus-Reid: Santa de una espiritualidad

sexualmente encarnada

Por Hugo Córdova Quero

Es difícil hablar de personas que han partido recientemente de esta vida como “santas” y “santos”. Generalmente, la idea popular es que alguien que es considerada/o santa/o vivió muchos siglos en el pasado. Hay una necesidad de “normalizar” y de “esterilizar” sus vidas a fin de que sean casi “perfectas”, y la distancia temporal logra este efecto. Si esta es la regla por la que la vida y obra de Marcella Althaus-Reid debe ser medida, entonces nos encontramos frente a alguien que difícilmente pueda ser colocada dentro de tal armario. Si hay algo que Marcella hizo en su vida fue salir de los armarios que tanto la cultura y la sociedad como la religión y la teología nos han impuesto a través de siglos de historia del Cristianismo.

Sin embargo, hay otro tipo de “santidad”, que no se rige por la perfección sino por su opuesto, es decir, la imperfección, la fragilidad y la potencialidad. Las famosas palabras de San Pablo “Mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad” (2 Co 12.9b) y “Llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Co 4.7) son una guía a este respecto. Las santas y los santos no son super-heroínas y super-héroes que pueden hacer de todo, sino que, por el contrario, son personas que encarnaron/encarnan lo más profundo de nuestra humanidad, que no es perfecta, y que solo en su contacto con lo divino se potencia. América Latina testifica de innumerables santas y santos populares que encarnan precisamente esta “santidad desde el reverso”. Marcella se inscribe en esta tradición popular.

Marcella nació en Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina, el 11 de mayo de 1952. Si bien creció en la tradición Católica Romana, en su adolescencia conoció la Iglesia Evangélica Metodista Argentina. Inspirada por esa tradición, cursó estudios de teología en el Instituto Superior Evangélico de Estudios Teológicos (ISEDET) en Buenos Aires, Argentina. Luego realizó su doctorado en la Universidad de San Andrés en Fife, Escocia.

Marcella es mayormente conocida por su teología indecente, que da título también a su primer libro publicado en el año 2000 en inglés y en el año 2005 en castellano. En ese libro afirma:

El paradigma es un paradigma indecente, porque desnuda y revela sexualidad y economía al mismo tiempo. Para conocer nuestra sexualidad no sólo necesitamos una teología indecente que pueda alcanzar al núcleo de las construcciones teológicas, en la medida que éstas hunden sus raíces en las sexuales, también la necesitamos porque las verdades teológicas son moneda dispensada y adquirida en mercados económicos teológicos (2005: 34).

En otras palabras, esta cita nos confronta con la materialidad de la construcción teológica, la cual está íntimamente relacionada a lo corporal, lo sexual y lo relacional pero que, debido a un proceso de hacer de la teología un elemento de decencia — entendiendo decencia como control y normatividad—, ha sido usado para espiritualizar esas áreas. Nada más lejos de la obra de Marcella. Para ella, la santidad no viene solamente por “oir la Palabra” (Rom 10.17), sino por nuestras propias experiencias, incluidas — o debiera decir, mayormente — nuestras experiencias sexuales:

¿Por qué hacer una teología de historias sexuales? ¿No es demasiado particular o en exceso centrada en el «ámbito privado» de la persona? La respuesta es no, porque la sexualidad no se queda en la casa o en el dormitorio de un amigo, sino que penetra nuestra vida económica, política y social. La teología ha sido siempre un gran discurso teórico sobre heteronormatividad, que rige las relaciones sexuales en casa y en las esferas publicas de la vida (2005: 188).

Una forma de hacer esto es poniendo en relieve las historias sexuales ya sea mediante la lectura de la Biblia desde lo sexual o a través de escuchar los relatos de los amantes como una revelación divina. La espiritualidad de Marcella se nos despliega como una religiosidad que encarna todo lo humano, no solo aquellas áreas consideradas socialmente como “decentes”. En esto, Marcella sigue fielmente a los Padres Capadocios, especialmente a Gregorio de Nacianzo (330-390 d.C.) quien afirma: “(…) lo que [Cristo] no ha asumido, no ha sido salvado, porque él ha salvado lo que ha asumido también en su divinidad” (Ep. 101). Una espiritualidad encarnada debe serlo también sexualmente. De lo contrario, la salvación no es efectivamente alcanzada. Marcella nos guía, pues, en pos de esta espiritualidad que no nos hace “cercenar” nuestra sexualidad sino todo lo contrario, ofrecerla como camino hacia la santidad. Su teología indecente es una verdadera teología queer que ha abierto las puertas de los armarios de nuestras tradiciones y prejuicios y nos llama proféticamente a salir fuera de ellos en pos de la liberación.

Prolífica escritora, docente y conferencista, Marcella publicó tres libros de su autoría, editó ocho colecciones en donde le dio la oportunidad a nuevas y nuevos pensadores para dar a conocer su producción académica, y publicó más de cincuenta artículos y capítulos en revistas académicas y libros. Sin embargo, a pesar de su incansable dedicación académica, Marcella siempre tuvo tiempo para nutrir su espiritualidad y cultivar sus amistades. Tuve el privilegio de conocer su obra cuando cursaba mi maestría en el Graduate Theological Union en Berkeley, California. Luego de nuestros primeros contactos, rápidamente nos hicimos amigos y siempre me sorprendí que en medio de su atareada vida académica, ella dedicara espacio importante para cultivar nuestra amistad. Fue ella quien me invitó a publicar mi primer artículo en una revista académica. Cuando el artículo fue publicado y le escribí para agradecer todo su apoyo, ella me contestó:

Hugo, cuando yo estudiaba teología, por ser mujer y por pensar de manera diferente, mucha gente no logró comprenderme. Fue difícil. Me costó mucho progresar en mi carrera. Yo creo en tu trabajo, por eso lo apoyo. Cuando vos seas conocido, prométeme que harás lo posible para solidarizarte con otros que también estén como nosotros “en la lucha.” Solo así construiremos comunidad, solo así haremos liberación.

En estas palabras comprendí por primera vez que Marcella no escribía desde su confortable silla de escritorio sino que “vivía su predicación,” que ella misma encarnaba cada una de sus palabras. Su vida siempre fue una constante lucha en medio de la cual nunca perdió la frescura de saber lo que es estar viva y de que siempre hay posibilidad de que las cosas cambien para bien. Aunque en Argentina no encontró su espacio —bien dicen las Escrituras que nadie es profeta en su tierra (Mt 13.57)—, ella nunca dejó de lado sus raíces ni su alegría. Para quienes tuvimos el privilegio de conocerla, de una u otra manera, ese sentido de que la vida vale la pena ser vivida, pero que para vivirla hay que lucharla, era una marca distintiva de su vida, fe, espiritualidad y obra, además de un aliciente en nuestra amistad.

El fallecimiento de Marcella el 20 de febrero de 2009 en Edinburgo, Escocia, dejó un vacío profundo tanto en su familia y en quienes la conocíamos como en el mundo académico donde su voz profética emergió como un ícono de las teologías queer. Marcella era mi querida amiga e integrante de mi comité doctoral en el Graduate Theological Union, aunque falleció un mes antes de la defensa de mi tesis doctoral. Han pasado cinco años desde que ella no está más con nosotros y realmente la echo de menos. Echo de menos nuestras conversaciones, con esa mezcla de filosofía y risas, de profundidad intelectual y de sensibilidad ante las situaciones más humanas de la vida cotidiana. Siempre tuvo una palabra de consuelo para guiarme en mi formación académica. Siento que con su muerte emerge el mismo sentimiento que tengo al leer el testimonio de los Evangelios sobre la experiencia de las y los discípulos frente a la muerte de Jesús. Ese sentimiento cuestionador de por qué las personas buenas mueren pronto. Sin embargo, rápidamente me surge la conexión con la resurrección, no como un dogma que haya de ser creído y repetido porque simplemente me ha sido enseñado, sino porque es la esperanza que atesoro de que en Dios, de alguna manera, de algún modo, volveremos a vivir otra vez en comunidad. De esto Marcella supo escribir en su libro De la Teología Feminista a la Teología Indecente (2004):

El hecho es que la resurrección de Jesús fue también un evento comunitario: mujeres y varones fueron testigos de como él volvió de la muerte, caminó entre ellos y continuó el diálogo que existiera antes de su crucifixión. Cada muerte cambia la vida de quienes sobreviven, porque algo de su humanidad les es removida. Por lo tanto es legítimo pensar que, comenzando con la resurrección de Jesús, toda una comunidad de personas que sufrió su pérdida cuando él fue crucificado, volvió a la vida. Sus ojos fueron abiertos en el sentido que la muerte cobró otro significado. La resurrección se transformó en paradigma, mostrándonos la durabilidad e indestructibilidad de la vida y de la justicia (2004: 113)

Marcella demostró hábilmente en su teología indecente una espiritualidad que altera e interrumpe los dictados de la sociedad y sus contrapartes en las instituciones religiosas, mientras trae a la conversación nuestras realidades e historias sexuales. Marcella, nuestra santa popular latinoamericana, nos invita a querificar y encarnar una espiritualidad que no se sorprende de encontrar a Dios en la reflexion teológica de nuestras historias sexuales que — si bien son imperfectas — revelan nuestra humanidad completa, y que — si bien son indecentes — también son sumamente místicas. La propuesta de una espiritualidad sexualmente encarnada de Santa Marcella nos seduce a abrazar nuestra propia liberación.

¡Te extraño mucho, mi santa amiga!

Referencias:

Althaus-Reid, Marcella (2004). From Feminist Theology to Indecent Theology. Londres: SCM Press.

Althaus-Reid, Marcella (2005 [2000]). La teología indecente: Perversiones teológicas en sexo, género y política. Barcelona: Bellaterra.

Gregorio de Nacianzo, Epístola 101.

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Hugo Córdova Quero, doctor en Estudios Interdisciplinarios en Religión, Etnicidad y Migración por el Graduate Theological Union en Berkeley, California, EE.UU. (2009), Magister en Teología Sistemática, Teoría Queer y Estudios Postcoloniales por el Graduate Theological Union (2003) y en Divinidad por la Universidad ISEDET en Buenos Aires (1998). Actualmente es profesor adjunto en el Starr King School for the Ministry (SKSM), en el Graduate Theological Union. Su apretada agenda incluye la redacción y traducción de artículos para el blog Santos Queer.

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Una versión en inglés de este artículo se puede encontrar en el blog Jesús in Love [Jesus enamorado] bajo el título: Marcella Althaus-Reid : Saint of a sexually embodied spirituality.

Enlaces para profundizar más sobre Marcella Althaus-Reid:

La Teología Indecente

Indecent Theology: Perversiones Teológicas en Sexo, Género y Política  (English)

Il Dio Queer

The Queer God (English)

De la Teología Feminista a la Teología Indecente

Teología de la Liberación y la Sexualidad

Bailando la teología en botas fetiche: Ensayos en honor de Marcella Althaus Reid

Más libros de Marcella Althaus-Reid

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Enlaces relacionados:

Puede dejar un mensaje respetuoso o encender una vela en el siguiente sitio: Profesora Marcella Althaus-Reid – Obituario

Recordando a Marcella Althaus-Reid, “teóloga indecente” (Santos y Mártires Queer – y otros)

En La Caminata: Remembering Marcella Althaus-Reid” by Alejandro Escalante (Indecent Theology blog)

Publicado en: http://santosqueer.blogspot.com/2014/02/marcella-althaus-reid-santa-de-una.html

 

Persistiendo: el legado de Marcella Althaus-Reid

Conferencia en Buenos Aires honra la memoria de la teóloga argentina Marcella Althaus-Reid

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Del 9 al 11 de julio se reunieron en el Instituto Universitario ISEDET, en esta ciudad, un grupo de cientistas sociales y de la religión para honrar la memoria de la teóloga argentina Marcella Althaus-Reid.

Buenos Aires, sábado, 20 de julio de 2013

por Hugo Córdova Quero para ALC

La conferencia, organizada por Postcolonial Networks, GEMRIP y el Instituto Universitario ISEDET, contó con la asistencia de 20 participantes entre los que se destacó la presencia de una nueva generación de académicas y académicos que han hecho de la obra de Althaus-Reid su base para la tarea docente e investigativa.

Bajo el tema “Persistiendo: el legado de Marcella Althaus-Reid” participantes de Argentina, Colombia, Honduras, México y Estados Unidos iniciaron un diálogo interdisciplinario entre la teología sistemática, las teologías queer, la teoría queer, los estudios postcoloniales/decoloniales y la teología poscolonial en sintonía con la obra de Althaus-Reid. Los ponentes se centraron en temas tales como una “teología poscolonial, posmoderna y posliberadora”, una “deconstrucción de la noción de minoría como concepto colonial”, una “santidad queer”, el “movimiento de Pussy Riot en Rusia” y su conexión con una “teología indecente”, el “matrimonio igualitario en Argentina y las iglesias evangélicas”, una “relectura queer de Jueces 19 a partir de los feminicidios en Ciudad Juárez (México)”, una “ética de la perversión a partir de la indecencia como virtud”, y el “desafío epistemológico a la corporalidad de las teologías latinoamericanas”, entre otros temas.

Marcella María de los Angeles Althaus-Reid nació en Rosario el 11 de mayo 1952, hija de Ada y Alberto Althaus. Cursó el Bachillerato en Teología en el Instituto Superior Evangélico de Estudios Teológicos (ISEDET), del cual se graduó en 1986. Recibió su doctorado (Ph.D.) de la Universidad de San Andrés, Escocia, en 1994. Esposa de Gordon Reid, con quien residía en Edimburgo, Escocia. Al momento de ser nombrada como Profesora de Teología Contextual en New College, la Facultad de Teología de la Universidad de Edimburgo, Althaus-Reid se convirtió doblemente en la primera mujer enseñando teología en una universidad escocesa y la primera profesora de teología en New College en sus 160 años de historia.

Dotada de una profunda inteligencia y poder analítico, Althaus-Reid no tardó en ser reconocida en el mundo académico como un referente de una nueva generación de teólogas y teólogos de la Liberación, especialmente luego de la publicación de su primer libro, Teología Indecente, en el año 2000. Fue este libro el que produjo un cambio de paradigma en la teología mundial, ya que su contribución fue que el cuerpo, el género y la sexualidad son fundamentales para una teología encarnacional y liberadora.

Su crítica fue que el concepto de “los pobres” que construyera la Teología de Liberación en los ‘70s y los ‘80s no solo eran varones y mujeres heterosexuales, maridos y esposas “decentes”, sino toda persona que se encuentra alienada por un sistema opresor, sea este político, económico, cultural, social, religioso, sexual o corporal. Los “indecentes” son aquellos que no encarnan los sistemas rígidos de códigos morales que, en muchos casos, han sido construidos para limitar la vida de las personas. Su denuncia sobre el papel fundamental que las Iglesias Cristianas en general, y la teología en particular, han ejercido en la opresión, represión y culpabilización de millares de seres humanos en nombre de Dios, fue una voz profética en medio del mundo académico y religioso.

Prolifera escritora, docente y conferencista, Marcella publicó dos libros de su autoría, editó ocho colecciones en donde le dio la oportunidad a nuevas y nuevos pensadores para dar a conocer su producción académica, y publicó más de cincuenta artículos y capítulos en revistas especializadas y libros.

El fallecimiento de Althaus-Reid el 22 de febrero de 2009 dejó un vacío profundo pues su voz profética emergió como un icono de las teologías queer. Con la muerte emerge el mismo sentimiento que tenemos al leer el testimonio de los Evangelios sobre la experiencia de las y los discípulos frente a la muerte de Jesús. Ese sentimiento cuestionador de por qué las personas buenas mueren pronto; sin embargo, rápidamente nos surge la conexión con la resurrección, no como un dogma que haya de ser creído y repetido porque simplemente se nos lo ha enseñado, sino porque es la esperanza de que en Dios, de alguna manera, de algún modo, volveremos a vivir otra vez en comunidad. De esto Althaus-Reid supo escribir en su libro De la Teología Feminista a la Teología Indecente:

El hecho es que la resurrección de Jesús fue también un evento comunitario: mujeres y hombres fueron testigos de como él volvió de la muerte, caminó entre ellos y continuó el diálogo que existiera antes de su crucifixión. Cada muerte cambia la vida de quienes perviven, porque algo de humanidad les es removida, por lo tanto es legítimo pensar que, comenzando con la resurrección de Jesús, toda una comunidad de personas que sufrió su perdida cuando el fue crucificado, volvió a la vida. Sus ojos fueron abiertos en el sentido que la muerte cobró otro sentido; la resurrección se transformó en paradigma, mostrándonos la durabilidad e indestructibilidad de la vida y de la justicia (2004: 113, traducción nuestra).

Para quienes asistimos a la conferencia y tuvimos el privilegio de conocer a Marcella Althaus-Reid de una manera u otra, ese sentido de que la vida vale la pena ser vivida, pero que para vivirla hay que luchar, era una marca distintiva de su vida, fe, espiritualidad y obra. Su participación activa en la Comunidad de los Cuáqueros en Escocia es una muestra más de su compromiso profundo con una vida espiritual en comunidad. Su obra y legado pervive en quienes asistieron a esta conferencia y quienes alrededor del mundo continúan “persistiendo” en que un mundo mejor es posible.

Referencia

Althaus-Reid, Marcella. 2004. From Feminist Theology to Indecent Theology. Londres: SCM Press.

El autor es Doctor en Estudios Interdisciplinarios en Migración, Etnicidad y Religión (2009) por el Graduate Theological Union, en Berkeley, California, Estados Unidos, donde también recibió su maestría en Teología Sistemática, Estudios (Post)Coloniales y Teoría Queer (2003). Egresado del Instituto Superior Evangélico de Estudios Teológicos (ISEDET) en Buenos Aires, Argentina (1998). Profesor Adjunto en el Starr King School for the Ministry, en el Graduate Theological Union. Miembro del Grupo de Investigación Transpacífico sobre Religión y Sexualidad (EQARS). Doctorando en antropología social, tesista de la Maestría en Comunicación y Cultura Contemporánea y licenciado en Comunicación Social.

Fuente: Agencia Latinoamericana y Caribeña de Comunicación (ALC)