Reflexiones

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Apostar por Dios: La irracionalidad de la fe

Homenaje a Facundo Cabral

Iglesia Cristo Sanador (ICM)

 Domingo, 12 de agosto de 2007

Gn15, 1-6

Salmo 33, 12-22

Lc 12, 22—34

Proemio

El texto de esta mañana me hizo recordar al cantautor y poeta argentino Facundo Cabral. El, como otras personas, es un profeta contemporáneo. Y dice:

Dios tomó forma de mendigo, bajó al pueblo y buscó la casa del zapatero. Entró y le dijo:

– Hermano soy muy pobre, no tengo una sola moneda en la bolsa, estas son mis únicas sandalias y están rotas, si tú me hicieras el favor…

El zapatero, le dijo:

– Estoy cansado de que todos vengan a pedir y nadie a dar.

El señor le dijo:

– Yo puedo darte lo que tú necesites.

El zapatero desconfiado viendo un mendigo, le preguntó:

– ¿Tú podrías darme el millón de dólares que yo necesito para ser feliz?

El señor le dijo:

– Yo puedo darte 10 veces más que eso… pero… a cambio de algo.

El zapatero preguntó:

– ¿A cambio de qué?

– A cambio… de tus piernas.

El zapatero respondió:

– Para qué quiero 10 millones de dólares si no voy a caminar.

Entonces, el señor le dijo:

– Puedo darte… 100 millones de dólares… a cambio de tus brazos.

El zapatero respondió:

– Para qué quiero yo 100 millones de dólares si ni siquiera podré comer solo.

Entonces, el señor le dijo:

– Bueno… puedo darte 1,000 millones de dólares a cambio de tus ojos.

El zapatero pensó poco y respondió:

– Para qué quiero yo 1,000 millones de dólares, si no podré ver a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos.

Entonces, el señor le dijo:

– Ah, hermano, hermano, qué fortuna tienes y no te das cuenta.

 

Tejedura del texto

Es importante leer los textos bíblicos en sus circunstancias; los textos no caen de arriba ni se dan en un vacío. Así que el texto de hoy hay que leerlo teniendo en mente el del rico insensato que le antecede (12, 13-21). Es por esto, que al principio del texto de hoy Jesús dice: “Por tanto os digo”. Nuestro texto es una continuación de lo que significa la avaricia y la codicia. El texto de Lc debe leerse teniendo en mente el que le sigue, el siervo vigilante (12, 35-40). De esa forma, continuaremos extendiendo esa red de significados y podremos comprender mejor qué tenemos que ver nosotros/as hoy como personas e Iglesia.

(Des)valorizaciones (in)humanas

Primeramente, debemos observar que existen diferentes clases de codicias y avaricias como también existen varias clases de aflicciones, angustias y sufrimientos. Nuestras culturas occidentales han tergiversado lo importante por cosas de poco valor para Dios. Los “mandamientos” modernos en los medios nos dicen: ¡Consume, viste, acumula y serás feliz; vivirás como rey/reina y toda la gente te querrá y servirá! Nada más lejos de la verdad, porque mucha gente con dinero es infeliz. Es cierto que gozan de comodidades y posesiones, pero algunos afirman que viven en desconfianza de toda persona que se le acerca, porque no saben si son valorados por lo que son o por lo que tienen. Es por esto, que cuando pasamos por momentos de necesidad descubrimos quienes nos aprecian y son nuestros amigas realmente; esa familia extendida que sirve, muchas veces sin saberlo, como ángeles de Dios en nuestro alrededor. Facundo resume la angustia codiciosa de la persona pobre.

La realidad es que vivimos en una cultura de producción y consumo desmedido. En las grandes empresas, esas redes globales que fungen como invisibles bombas de inequidad y destrucción, se produce para vender y con esa venta se enriquecen sólo unas cuantos; la mayoría –incluida la empleomanía— en muchas ocasiones por necesidad; otras, por codicia se endeudan, se empobrecen. Como dicen por ahí, “no salen del hoyo”. Según el economista Gustavo Vélez,[1] aquí en la Isla en el 2006 los consumidores gastaron por encima de sus ingresos. Lo que les llevó a un mayor endeudamiento. Este economista indica que nuestro consumo excedió la capacidad productiva del país. Según su visión, la solución es aumentar la producción. Pero nada dijo sobre educar por un consumo moderado.

La producción no es mala en sí. El problema radica en esa avaricia codiciosa de querer más de unos y otras. Ese deseo que se sostiene por la falsa seguridad en el desarrollo y el falso optimismo de una economía “saludable”. Pero esto, combinado con: (1) la miopía sobre los límites que poseen los recursos naturales y (2) la ceguera ante los cambios climatológicos demuestra la incapacidad humana de ver más allá de nuestros propios intereses. Si miráramos fuera de sí notaremos que dicha productividad—consumerismo excesivo afecta directamente a: (1) la gran mayoría de personas que sobreviven económicamente y (2) nuestra casa común, la tierra, porque le chupamos la poca savia que le hemos dejado y encima, la contaminamos. ¡Vaya desarrollo “saludable” el nuestro, uno que no le importa el espacio común y mucho menos las demás personas! Pero ésto no sucede sólo aquí, sino que es globalmente; la avariciosa codicia de algunos/as tiene a la mayoría de la población empobrecida.

Lamentablemente, seguiremos escuchando decir a más infantes, “para qué voy a tener hambre, si no tengo que comer” (Facundo Cabral), debido a la millonaria inversión que se hace en la utilización de maíz para generar etanol. El etanol es un producto con el que se experimenta hace años y estaría compitiendo (si ya no lo hace) con la gasolina para independizarse de los países petroleros. Estudios afirman que a largo plazo esta alternativa no resolvería los problemas que intenta combatir. Ya que no aliviaría el daño ecológico, ni sería económicamente viable para las personas más desventajadas. Esto se debe a que el etanol para que sea competitivo necesita que el petróleo se mantenga con costos altos. Si se acabara la guerra contra Irak y el costo del petróleo bajara; el etanol se desplomaría también. Pero, para mí la pregunta obligada es, ¿a quién con dos dedos de frente se le ocurriría malgastar alimentos por fabricar combustible sin importarle que dejan con hambre a los más vulnerables de tantos países de América Latina? ¿Cómo no angustiarse ante tanta barbarie mundial?

Según análisis, 40 mil personas emigraron de Puerto Rico el año pasado. En un libro sobre estudios económicos realizados acerca de la situación del país, se alega que hay esperanza de salir de la recesión. Pero, que no se han implementado los hallazgos, porque requieren de la voluntad humana para unir lazos entre grupos de trabajo para el bien común. El problema más allá de cuestiones político-partidistas se debe a que nosotros/as tenemos enraizado un miedo sospechoso de las demás personas –ya sea consciente o inconscientemente-. Lo cual provoca que funcionemos en grupitos sin interconexión.

Estos ejemplos reflejan lo (in)humano en las personas—individual y colectivamente—.

(Re)valorizar lo importante

Pero Jesús, conocedor de nuestros corazones, saca dos ejemplos de la naturaleza para darles a entender a su discipulado la bondad de Dios como creador y cuidadora de sus criaturas. Y nos dice todavía hoy, ¡Observa! Como Dios labora en el mundo. ¿No lo ves? Mira a los animales (cuervos) y las plantas (lirios), éstos no son “productivos” ni guardan para sí alimentos ni vestidos en despensas ni armarios, pero Dios les alimenta y viste. ¿Qué no va a hacer contigo que te creó a su imagen y semejanza? ¡Sal de tu seguridad de las cosas materiales que tienes en exceso (o buscas)! ¡Humanízate! Por otro lado, dice: ¡Espera! ¡Se fuerte! Tú seguridad está en otra parte.

Pero aquí Jesús no sólo dice eso, sino que nos exige dos cosas, “Vende lo que tienes y da limosna” (v 33a). ¿Cómo darle sentido a estas palabras de Jesús en las circunstancias pesimistas de la realidad –individual y colectiva— de tanta gente, sin que sus mismas palabras no se vuelvan opresoras para los menos afortunadas? Y, por otro lado, ¿cómo hablar de desapego en una cultura en la que el ser humano es persona, sólo cuando tiene una cuenta bancaria jugosa; sin embargo, no está comprometida en compartirlo en luchas nobles para construir un mundo mejor?

La finalidad de Lc es la absoluta dependencia de todas y todos en Dios. Es en esta dependencia que radica la clave de este texto: (1) la fe (v 28b) y (2) el proyecto de Su Reino (v 31—32). Aquí Dios me parece humorista, es como si nos estuviera diciendo: ¡Hello…!, se están perdiendo lo importante por andar angustiados en las partes pequeñas. Lo importante es el Reino de Dios, búscalo y te será dado (v 31), se que tienes necesidades básicas que atender (v 30b). ¡No te preocupes! ¡Confía!

¿En qué consiste ese Reino que Jesucristo trajera, enseñara y nos diera? El Reino, en esencia, es la vida y esa seguridad en Dios. Es por eso que Jesucristo no está de acuerdo en nuestra forma de confundir necesidad con comodidad. Ni en engreírnos en creer que lo poco o mucho que poseemos se basa exclusivamente en nuestros esfuerzos.

Por tanto, en este texto el ideal de toda comunidad cristiana, y aquí me parece que la comunidad lucana tenía problemas con las mujeres adineradas, es que: 1) se hace “rica ante Dios” y no “para sí” (v 21);  2) no confunde la vida con comodidades y posesiones en exceso; es decir, sale del “comfort”, de la falsa seguridad en las posesiones;  y 3) su corazón está en vigilar y estar preparadas/os para recibir con prontitud a Dios, todas las veces que sale a nuestro encuentro (vv 34, 35—40).

El Reino, entonces significa que para Dios lo importante es el ser humana; aquella “manada pequeña” a la cual debemos dar nuestros excesos. Nos dice, ¡Suelta! ¡Camina y deja caminar! No te acomodes, no des por sentado nada –ni lo poco ni lo mucho–. Nacistes desnuda/desnudo, todo lo que eres y lo que posees es ganancia (Facundo Cabral). Pero, recuerda que nada ni nadie, ni siquiera tú mismo te pertenece/s.

Irracionalidad cristiana: la fe

Ahora bien, veamos con más detenimiento la fe en Dios. En Gn y Lc se nos asegura que Dios en amoroso cuidado, cumple sus promesas… Dios proveerá… Pero así como Abram hizo, es muy válido argumentar, preguntar y hasta debatir: –“Pero, ¿cuándo, Dios? No veo nada”.

Nuestra visión de las cosas es limitadísima. Nuestra racionalidad, un entrampamiento del que Dios de vez en cuando se escapa. Lo maravilloso del cristianismo es precisamente esa locura que dice, “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hb 11,1).

Pero, muchas veces nuestra fe es utilitaria. Intentamos manipular a Dios para que haga las cosas que nosotros entendemos serán lo mejor para nosotras, ahora. No importa cuánto hagamos, Dios continuamente nos enseña que no es cuándo ni cómo nosotras queremos. El tiempo de Dios en griego es, Kairós y se diferencia del nuestro que es Cronos, porque Kairós significa, “el tiempo justo”. Es decir, que Dios provee en el tiempo justo. No en el nuestro. Significa que debemos esperar en esperanza, porque con des-esperarnos no adelantamos nada, ni una hora de abundancia ni una hora más de vida.

También, nosotros pasamos por alto que Dios no trabaja como nosotras, a través del entendimiento de la modernidad de causa y efecto, si hago X Dios hace Y. ¡No! Eso demuestra que nuestra fe es limitada y egoísta y que nuestra fe es codiciosamente manipuladora. El miedo, ocuparse con anticipación -preocupación- y la angustia demuestran falta de fe en el Creador/la Creadora de las cosas y una gran arrogancia en querernos posicionar en el rol de Dios, en el intento de controlar lo que se sale de nuestras manos. A menos que se sean situaciones externas a Dios y a ti.

Ahora bien, es cierto que existen innumerables circunstancias adversas. Que por más que oremos y confiemos no hallamos respuesta. Muchas veces tenemos la sensación de que Dios está lejos, ausente y que estamos en des-gracia. No es cierto, Dios está allí sufriendo tu angustia y tus circunstancias. Pero no te quiere ahí, nos dice: ¡Suelta el exceso de equipaje, abandona tu dolorismo, cree en mí y anda conmigo!

…Dios es tan misericorde… Mientras se dan esos procesos de fe dudosa, de fe idólatra… pero fe perseverante. Dios va ajustando de aquí y de allá interior y exteriormente en el laberinto de nuestro corazón y de la existencia. Porque, Dios conoce la pantalla grande (“big picture”) de nuestra vida y cómo cada una de nosotros encaja en la interdependencia del todo como un rompecabezas. Dios sabe también nuestras debilidades y fortalezas, sabe cuándo quitarnos y darnos algo (aunque este quitar y dar se de a través de seres humanos), porque, lo entendamos o no, nos ayuda a crecer, a madurar la fe, acrecienta la confianza y nos hace movernos allí donde Dios nos quiere, porque le podemos servir mejor a otras personas.

La fe es como la conversión un proceso de vida que se da en relación—con Dios, las personas, la naturaleza y contigo misma/o—. Pero es Dios quien trabaja arduamente con cada uno de nosotras. Dios va dándole forma y transformando nuestros corazones y mentes para hacernos mejores obradoras y servidores suyos.

La fe es enfocar nuestros lentes en lo importante. El no pre-ocuparse o el no demostrar pre-ocupación no significa inercia, ni evasión de los problemas. Significa permitirle a Dios/a ser Dios/a. Darle las riendas de nuestras vidas y que Dios/a nos guíe en nuestro que/hacer en confianza y en esperanza. Y caminar creyendo en la imposibilidad posible.

 

Epílogo: la fe como apuesta

Ahora, es nuestra responsabilidad comprender en qué consisten las riquezas que tú y yo tenemos en demasía (posesiones, talentos, etc.) y compartirlas. Al compartir nos humanizamos, porque nos interconecta con la red de la vida. Como cristianos/as, la fe no es algo que se adquirió, sino un peregrinaje de por vida en el que la fe madura. Es una continua conversión/transformación por fidelidad a Jesucristo y a su Reino.

En muchos casos es una fe que duda y pregunta, pero es una fe que a pesar de todo continúa creyendo… en Eso/a… que no logramos percibir. Es mantener la esperanza más allá de todas las malas noticias. Esperanza contra toda esperanza. Y reconocer que en medio de esas tinieblas, Dios nos tiene tomadas/os de las manos. El teólogo luterano Douglas John Hall dice, tener fe es “[l]uchar por creer en un mundo de dudas, amar en un mundo de odio e hipocresía, hacer la paz en un mundo violento, ofrecer esperanza en un mundo de angustia”.

La fe es una apuesta, es un brinco al vacío. Es creer en un absurdo, es un desnudarse, es un continuo intento de aprender a amar, soltar, confiar en algo que está afuera, arriba, abajo, al lado y en cada uno de nosotras.

Procura que esa fe te mantenga atenta, vigilante durante todo el día, porque cada vez que yo o tú miramos al otro/a a los ojos con sospecha, miedo u odio nos perdemos el momento en que Dios toca nuestra puerta.

¡Que Dios/a les Bendiga!


[1] Gustavo Vélez, “Los límites del consumo”, en Voces, El Nuevo Día, 11 de agosto, 2007.

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