Cristología

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Mujeres caminando en comunidad hacia la cruz

Bajar de la cruz a los crucificados

Segundo domingo en Cuaresma

Lc 8:1-3

7 de marzo de 2004

El hacer o caminar de mujeres era muy bien conocido y valorado en el pasado por muchas culturas. Así también, en el principio del cristianismo, es con el pasar del tiempo que las voces de tantas mujeres se van silenciado.[1]  Cuando un movimiento de minorías, como lo era el cristianismo en aquel entonces, quiere crecer, una de las cosas que debe hacer, es: distinguirse de otras religiones vecinas. En la religión egipcia las mujeres y los varones eran igualmente líderes, como en otras culturas.[2] El cristianismo para evitar comparaciones y la entrada de costumbres ajenas y “peligrosas” a su tradición, frena las tareas de liderazgo de las mujeres en las casas-Iglesias, como hizo san Pablo y después los Padres de la Iglesia. Pero Jesucristo, ayer y hoy, continúa abriéndonos los ojos. Como se encuentra registrado en las palabras de esta mujer:

 

Nuestros ojos se abrieron[3]
El cuerpo de Cristo –la Iglesia
“Madre Iglesia”, escuché que le llamaban
pero tenía cuerpo de hombre y cara de hombre
apóstoles, profetas, maestros,
sacerdotes en los altares.
Me enseñaron que solamente un hombre
puede representar a Cristo
porque él fue un hombre –
“Dios hecho hombre”.
Me enseñaron que Dios ordena
los órganos en el cuerpo como quiere
y que cada uno tiene un don diferente,
según la gracia de Dios.
Me enseñaron que el amor
es el don especial que se confió a las mujeres
y que el amor es paciente y amable,
que el amor no es celoso ni orgulloso,
arrogante o rudo;
que el amor no insiste en su punto de vista,
que el amor tolera y soporta todas las cruces.
Me enseñaron que mi cuerpo
posee partes menos honorables y presentables;
que por ello no soy suficientemente pura
para tocar el cuerpo de Cristo;
que, debido a la sangre que brota de mi cuerpo,
no se me permite tocar
la copa llena con la sangre de Cristo.
Pero… un día me desperté y salí
para encontrar a mis hermanas –y comprendimos:
que cuando un miembro sufre, sufren todos juntos-
compartimos nuestras lágrimas y nuestras heridas profundas,
nuestras esperanzas y anhelos enterrados,
nos miramos a los ojos… y vimos en cada una de nosotras
la imagen de Dios.
Y sentimos una brisa suave
y escuchamos una voz que decía:
“¿Acaso no saben que sus cuerpos
son miembros de Cristo
y templos en los cuales habito?
Y agregó: ¡Nunca lo olviden!
Todas ustedes fueron bautizadas en Cristo.
De modo que no hay ni judío ni griego,
ni esclavo ni libre,
ni varón ni mujer;
porque tod@s son uno en Cristo Jesús”.
Nuestros ojos se abrieron
y sentimos que nuestros corazones estaban encendidos.
y nos levantamos a esa misma hora
y regresamos junto a nuestros hermanos
y en comunidad emprendimos el camino…

 

En los años de Jesús, la costumbre judía era que la mujer pertenece a la casa, así como en las sociedades grecorromanas. El movimiento carismático de Jesús rompía con este esquema, porque las mujeres le acompañaban a sitios públicos. En este pasaje se menciona ese caminar de mujeres con Jesús y los doce (12) apóstoles varones desde Galilea.[4] Jesús junto a estas personas comenzaba, lo que conocemos como la Pasión de Cristo, que también es Pasión de Dios.[5]

Para algun@s autores, Lucas, es el “evangelista de las mujeres” debido a que se mencionan a estas la mayor cantidad de veces y porque pone los relatos de varones en paralelo con otros relatos de mujeres.[6] Sin embargo, tenemos que es el evangelio que menos menciona sus nombres. Cuando son nombradas se describen como pecadoras a las que se ha exorcizado de demonios y curado de enfermedades, como es el caso de María Magdalena. De los doce, no se dice esto.[7] La tensión del hacer y caminar de las mujeres discípulas mencionadas es notable en comparación con los doce discípulos varones en Lc.

Tenemos que tener en mente que la mujer en el tiempo de Jesús valía menos que un esclavo, era una no-persona. La mujer era una propiedad. Primero del padre y luego, del marido. “La palabra mujer en inglés es woman y esta nace de dos palabras: wife (esposa) y man (hombre) = wifman, luego en el siglo XIV se le quita la f = wiman, lo que después pasa a ser woman, tenemos que mujer significa, la esposa del hombre.”[8] Todavía hoy, la mujer pierde sus apellidos para llevar el del esposo, como si ellas en sí mismas no fueran personas: sutana la de mengano.

Jesucristo no estaba fuera de aquella sociedad patriarcal, pero la “cultura de Dios” que él encarnaba era distinta, es superior -a la de aquel tiempo y a la de nuestro tiempo-. El acompañamiento de mujeres en el ministerio de Jesús era uno de servicio (diakonía) (Lc 4:39; 7:36—50; 22:24ss); estas preparaban los alimentos y servían la mesa (doméstico/privado). Pero servir, en el cristianismo originario, también era un caminar evangelizador, predicar el Reino de Dios y Su justicia (público/activo). Por otro lado, las mujeres, que se mencionan en nuestro texto, eran benefactoras, su servicio al movimiento de Jesús era económico (Lc 8:3). Estas matronas con recursos económicos fueron las que hicieron posible que el cristianismo se extendiera. Sin embargo, en Lc para pertenecer al ministerio evangelizador se debían dejar todas las pertenencias (Lc 9:3, 57-58; 14:33).[9] Las mujeres si tenían dinero entonces no podían ser discípulas de Jesús. En Lc, aparentemente, no se veía con buenos ojos el liderazgo de las mujeres adineradas.

Lo interesante, es que Jesús llama a los apóstoles a servir (Lc 6:13), mientras que el servicio de las mujeres fue uno voluntario, los Evangelios no dicen que Jesús las llamó. Pero ellas se metieron (Lc 7:36—50), le sirven (Lc 4:39; 22:26-27), le escuchan a sus pies (Lc 10:38-41) y le acompañan (Lc 8:1-3). Jesús las dejó hacer entre ellos por encima de su cultura, su religión y de sus discípulos. Jesucristo es quien dice: “…he venido a poner en libertad a los oprimidos…” (Lc 4:18). Las mujeres eran parte de las personas oprimidas, que Jesús venía a liberarlas de la sociedad patriarcal. Los esclavos y las mujeres eran las personas que por su condición social estaban llamad@s a servir, ese era su deber. Jesús, en su vida y en su obra, asume el rol de servicio de estos dos grupos de oprimidos (Lc 22:27c). Con su ejecutoria Jesús reconoce a las mujeres como discípulas en co-igualdad con sus discípulos varones en su caminar evangelizador.

Lo mismo sucedía en años más recientes. En 1975 las Naciones Unidas proclamaron oficialmente el 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora debido a la manifestación que se dio en Nueva York en el 1857.[10] Ese día cientos de mujeres de una fábrica de textiles organizaron una marcha en contra de los bajos salarios y las condiciones infrahumanas de trabajo. Ellas reclamaban igualdad económica así como salubridad y seguridad en la planta física.[11]

El caminar de mujeres hacia la cruz de Jesucristo lo vemos como uno de transformación y vida pero también puede verse como uno de opresión y muerte. En el Evangelio de Lc, “tomar la cruz” cambia su significado original de eliminar la muerte y la opresión con la misma cruz en que muriera Jesús, esto es dar la vida.[12] En Lc, ahora el “tomar la cruz” es diariamente (Lc 9:23). El símbolo de la cruz se ha extendido, alterando el énfasis del martirio ahora a un sacrificio de vida diaria. Ese via crucis de todos los días las mujeres lo hemos aprendido y entendido diferente a los hombres.[13] Aunque ellos también cargan sus propias cruces; cruces hechas por otros hombres y a veces por mujeres.

Históricamente, la cruz (o las cruces) que carga la mujer pesa mucho más. Para compensarnos se nos ha dado 1 día de los 365.  Según las estadísticas, son las mujeres quienes producen el 2/3 de los alimentos que consume la humanidad, forman el 57% de 104 millones de infantes que están fuera de la escuela a nivel mundial, representan las 2/3 partes de los 860 millones de personas que no saben leer ni escribir.[14] Y económicamente, “la pobreza tiene rostro de mujer”.[15]  También, puede significar, que las mujeres maltratadas por violencia de género se queden junto a sus parejas, sean estas hetero u homosexuales. Todavía en algunas culturas se les mutila la parte erógena (clítoris) a las mujeres como una manera de controlar las sensaciones y el deseo erótico y sexual.  Tanto dentro como fuera de las iglesias a las mujeres se les controla el derecho de tomar decisiones en torno a su cuerpo. “Pro-vida” es un organismo que des-dice de su propio nombre porque le hace violencia a la mujer y también al hombre.

Desde el siglo XX con más fuerza se ha ido recuperando el valor extraordinario de las mujeres en el texto bíblico y en nuestras sociedades. Mujeres y hombres han comenzado a caminar en comunidad hacia la cruz. Pero la cruz no necesariamente es sufrimiento y resignación significa, a su vez, resistencia y esperanza libertadora, esto es, amor pero no el amor tolerante de Pablo (1 Co 13), sino el amor inclusivo e igualitario de Jesucristo. Las mujeres que caminan con Jesús desde Galilea hacia la cruz sienten el placer y el dolor de acompañarle a su Pasión, Pasión de Jesús y Pasión de Dios. Las mujeres ante la cruz lloran desconsoladas porque a quienes ellas servían y acompañaban moriría asesinado. Sin embargo sin muerte no hay vida; sin pasión no hay éxtasis[16], pero más profundamente sin la Pasión no hay Resurrección.

En el texto de Lc, las mujeres que caminaban en el anuncio y la prédica del Reino de Dios con los discípulos varones (Lc 8:1-3) eran las mismas que junto a la multitud del pueblo lamentaban la cruz. Y Jesús las consoló (Lc23: 27-28). También eran estas las que estaban presentes en su sepultura (Lc 23:55).  Fueron ellas las que vieron la tumba vacía (24:3), a quienes los ángeles se les presenta (24:4), quienes corroboran la vida resurrecta de Jesús (24:5-6) y les recuerda las palabras dichas a ellas y a Pedro (24:7-8; cf. 9:22).

Lo extraordinario es que las discípulas que caminaban con Jesús en comunidad hacia la cruz fueron las mismas que se les encomendó la tarea de anunciar la resurrección a los discípulos varones (24:9, 22-24). María Magdalena, es el nombre de mujer que aparece en los cuatro (4) Evangelios como la primera testigo de la resurrección. Esta y las otras fueron quienes llevaron la noticia a los discípulos, pero ellos no les creyeron y las tuvieron por locas (Lc 24:11). Este evento revelado a la Magdalena llevó a la tradición a nombrarla como: “la apóstol de los apóstoles” (san Agustín). Estudiosos de la Biblia afirman que el hecho de ser mujeres quienes cuentan lo sucedido hace la resurrección una realidad histórica, porque según, la ley judía: el testimonio de mujeres no se reconocía.

En el relato de la Pasión de Lc, sólo dos discípulos aparecen nombrados, estos son Judas entregando a Jesús con un beso (22:48) y Pedro negándolo tres (3) veces (22:54-62) y otros dos hombres: Simón de Cirene y José de Arimatea, el primero carga la cruz (23:26); mientras que el segundo, baja a Jesús de la cruz para colocarlo en el sepulcro (23:50-53). En Emaús, Jesús resucitado se les revela a dos varones que le seguían sin reconocerle. Para que suceda el reconocimiento se repite el partir y compartir del pan y el regaño ante su falta de fe (24:31, 37). Estos al contarle a los once y demás creen el testimonio de lo que se les había revelado a ellas, Jesucristo ha resucitado.

Las mujeres en el pasado como en nuestro presente han sido y son pilares importantes dentro de las iglesias en su servicio, discipulado y apostolado en conjunto con los varones. No somos menos tampoco somos más, somos iguales en Cristo, aunque diferentes físicamente y en nuestras experiencias espirituales. Ambos en diálogo debemos caminar en comunidad hacia la cruz con todas nuestras cruces y ser resucitad@s y liberad@s en el amor/Pasión de Jesucristo en su cruz.

Mujeres caminemos en comunidad hacia la cruz, hacia la Pasión de Cristo, Pasión de Dios con los ojos abiertos y con la perseverancia e incondicional fe de nuestras matronas, aunque nuestros caminos sean oscuros.

¡Que Dios Madre y Padre les bendiga!


[1] Cf. Tunc, Suzanne. También las mujeres seguían a Jesús. Bilbao (España): Sal Terrae, 1999, pp. 109-126; Torjesen, Karen Jo. When women were priest. Nueva York: Harper Collins, 1995; Schüssler Fiorenza, Elisabeth. En memoria de ella. Bilbao: Desclée de Brouwer, 1989.

[2] Los montanistas y los gnósticos.

[3] Ingrid R. Kitzberger, RFA.

[4] Que casi nadie conoce porque no se predica en las iglesias.

[5] Cf. Moltmann, Jürgen y Elisabeth Moltmann-Wendel. “Para una teología de la cruz” en Hablar de Dios como mujer y como hombre, 1991, pp. 29-45.

[6] Ramos, Adela. “Las mujeres en el Evangelio de Lucas” en Ribla, No 44. Ecuador: RECU, 2003/1, p.74-76.

[7] Cf. Meyers, Carol, ed. “Lk 8:2-3” en Women in Scripture. Michigan: William B. Eerdmans Publishing Co., 2001, p. 442.

[8] Pérez-Álvarez, Eliseo. We be Jammin. México: El Faro, 2002, p.27.

[9] Eran benefactoras, pero no matronas (diakonos), activistas, pero no líderes (apóstoles).

[10] “¿Por qué no hay un día para el hombre?” fue la pregunta que le hicieron a Mónica Muñoz, directora del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer. A lo que ella responde: “… Los hombres tienen un día todos los días del año, todos los años del siglo y todos los siglos de la vida”.

[11] Las mujeres eran la mano de obra más económica.

[12] Dicho de otro modo sería, Jesús con la cruz “mata la muerte con la muerte”. Por otro lado, Lc ha des-politizado la simbología de la cruz.

[13] Newsom, Carol A. y Sharon H. Ringe, eds. 1998. “Luke” en Women’s Bible Commentary. Expanded Ed. 2nd Edition. Louisville: Westminster John Knox Press, p. 370.

[14] Informe Educación para todos de 2003-2004.

[15] Rosa Cobo Bedia. “Globalización neoliberal y feminización de la pobreza” en Rebelión, sección Pan y Rosas, 8 de marzo de 2003.  Database on-line en http://www.rebelion.org. Accesado el 3/1/2004.

[16] Moltmann, Jürgen y Elisabeth Moltmann-Wendel. “¿Existe una teología feminista de la cruz?” en Hablar de Dios como mujer y como hombre, 1991, p. 54.

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