For the love of God (24): Why I love Dorothee Soelle

A original post by Kim Fabricius

 

This is my fourth post in the series. I admit it: I’m a promiscuous pilgrim who likes to sleep around! I can also be fickle. Dorothee Soelle is a good example: while I love her dearly, she also gets on my nerves. But then so does my wife!

I discovered Soelle in the late seventies when I came across her little Political Theology (1971) in a second-hand bookshop. She did not come well recommended, as my main man Barth had said of her “that that woman should keep silence in church!” Nevertheless, there was something passionate and powerful about this working mother who would not shut up.

Soelle was certainly a persona non grata in the German theological establishment: never was she offered a chair in her homeland. But then Deutschland’s loss was New York’s gain, as Soelle became a professor at Union Theological Seminary (1975-1987). She thrived in the cultural pluralism and social activism of the Big Apple, which markedly influenced her theology, an eclectic mix of politics and poetry, mysticism and ecumenism. No ivory tower academic, Soelle visited both Vietnam and Nicaragua in the cause of her praxis of peace and justice.

Sure, Soelle’s fragmentary work lacked academic rigour and failed to engage both with tradition and with the theological heavyweights of her time. And, yes, her obsession with the Holocaust clouded her judgement when it came to contemporary Israeli politics. But the theological scene of the last three decades of the twentieth century would have been the poorer without this godly gadfly, who died in 2003, aged 73, while leading a workshop in Bad Boll. Just hours before, Soelle had read some protest poetry on the war in Iraq, but ended with words she had written to her grandchildren: “Don’t forget the best!”

Juxtaposing Soelle’s flawed theology with her political instincts and commitments, I am reminded of a conversation between Karl Barth and Martin Niemöller. Barth: “Martin, I’m surprised that you almost always get the point despite the little systematic theology that you’ve done!” Niemöller: “Karl, I’m surprised that you almost always get the point despite the great deal of systematic theology that you’ve done!”

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Olga Jiménez al rescate de las Nacionalistas olvidadas

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Olga Jiménez al rescate de las Nacionalistas olvidadas

Pedro Aponte Vázquez

27 de enero de 2017

 

Reciban un saludo fraternal y solidario en este momento histórico en el que la patria sufre los peores vejámenes a los que en su arrogancia la ha sometido El Invasor desde el impune asesinato del compañero Filiberto Ojeda Ríos el 23 de septiembre de 2005.

Le agradezco al compañero Amílcar Tirado que optara por ofrecerme el honor de presentarles el libro Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s (N.J.: Markus Wiener Publishers, Inc., 2016, 347 págs.), de la prestigiosa historiadora boricua Olga Jiménez de Wagenheim. Con ello nos demuestra que es de esos profesionales, probablemente escasos, que no temen asumir riesgos. Por mi parte, dedico mi participación en este acto a la memoria de otra distinguida historiadora cuyo recuerdo la ingratitud opaca: la compañera Miñi Seijo Bruno.

Por más de un motivo he dicho que Amílcar no teme asumir riesgos. El de mayor peso es quizás el hecho de que mi determinación de decir libremente sobre cada asunto lo que crea necesario y a cada cual lo que estime que merezca, no es algo que me haya acarreado muchas simpatías. Otro motivo, tal vez de igual volumen, es el hecho de que recientemente tuve la osadía de asumir una posición diametralmente opuesta a la que optaron por defender un puñado de académicos, además de miembros prominentes del campo independentista ―y hasta algunos auténticos albizuistas―, en torno al contenido de un libro que abiertamente vilipendia al prócer Pedro Albizu Campos. la Historia nos dirá algún día con qué propósitos. Defender de ese modo la memoria de Albizu fue para algunos compatriotas hasta peor que haberle donado mi colección de documentos, fotos y algunos libros al Archivo histórico de la Fundación Luis Muñoz Marín.

Con lo que estoy seguro de que no habrá desacuerdos es con mi afirmación en este momento de que el honor de presentar este libro debió ser para la doctora Aselar Laguna, pues ya lo reseñó detalladamente por medio de la internet con erudición y excelencia (El Post Antillano, 8 sept 2016). Espero estar hoy al menos cerca de la altura a la que habría estado su presentación.

En su reseña, la doctora Laguna alude con toda justicia a la “rigurosidad” con la que Jiménez de Wagenheim aborda y conduce sus investigaciones históricas ―virtud a la que hoy día ya hasta se le da de codo―, afirma que esta “informativa, importante y provocadora” obra disfruta del aval de la “distinguida y sólida carrera” de la educadora Jiménez de Wagenheim “como catedrática en [la Universidad de] Rutgers” y añade que se le debe a ella, además, cito:

[…] la introducción de los primeros cursos de historia oral, iniciando a estudiantes en esa disciplina y de paso, rescatando las contribuciones olvidadas de los puertorriqueños en las demostraciones y las manifestaciones estudiantiles en la Universidad de Rutgers y en la ciudad de Newark para los últimos años de los sesenta y principios de los setenta. Y conviene señalar ―agrega― su monumental y central desempeño en la fundación del archivo de la comunidad puertorriqueña en la Biblioteca Pública de Newark (el New Jersey Hispanic Research and Information Center), contribuyendo de modo exhaustivo a la recuperación y preservación del acervo de los puertorriqueños y otros latinos residentes en el estado de New Jersey.

Precisamente, de rescatar del olvido y también de la indiferencia, es de lo que trata esta indispensable aportación de Jiménez de Wagenheim a nuestra historiografía y, por ende, a nuestra centenaria lucha de liberación nacional. En Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s, la historiadora que ya es parte de la indisoluble nación boricua en las entrañas del monstruo, les recuerda a sus lectores el hecho de que las mujeres boricuas no eran invisibles para nuestro opresor en el curso de nuestra lucha por liberarnos del Invasor (y todavía no lo son, permítaseme agregar). Nos provee ella una breve y vívida introducción con una impresionante narración de las condiciones objetivas que llevaron a la insurrección de 1950 contra la tiranía de EE. UU. Luego nos lleva de la mano a través de una exposición amena, profusa y rigurosamente documentada que nos provee una vista panorámica de nuestra más reciente historia política.

El libro les rinde merecido tributo a dieciséis mujeres. A Dominga de la Cruz Becerril, quien heroicamente sobrevivió la Masacre de Ponce en 1937 y otras 15 que fueron perseguidas y encarceladas por haber participado, o parecerle al Invasor que habían participado, directa o indirectamente en la lucha armada del Partido Nacionalista de Puerto Rico-Movimiento Libertador en los años de 1950. Estas son:

Blanca Canales
Leonides Díaz
Carmen María Pérez
Ruth Mary Reynolds
Isabel Rosado Morales
Doris Torresola Roura
Olga Isabel Viscal Garriga
Rosa Cortés Collazo
Lolita Lebrón Sotomayor
Carmen Dolores Otero de Torresola
Juana Mills Rosa
Juanita Ojeda Maldonado
Ramona Padilla de Negrón
Angelina Torresola de Platet y
Monserrate Valle de López de Victoria.

En alusión a esta prudente limitación que se impuso, Jiménez de Wagenheim dice estar “consciente de que otras puertorriqueñas han sido encarceladas por sus ideales políticos a partir de los años 50 y merecen también un estudio profundo de sus hazañas y contribuciones a la causa de la independencia de Puerto Rico” y con genuino pesar añade: “Lamento no ser yo la autora”.

Aunque el título nos indica que trata sobre “mujeres puertorriqueñas” Nacionalistas, justificadamente incluye a una que sin duda lo parecía mucho, pero que en realidad no fue ni borinqueña ni Nacionalista: la pacifista estadounidense Ruth M. Reynolds, oriunda de las Lomas Negras de los nativos Lakotas. Reynolds, quien perteneció al Comité Pro Defensa de don Pedro Albizu Campos que mantuve con doña Isabel Rosado y mi compañera Judith, desempeñó un importantísimo papel en nuestra lucha, pero, pacifista al fin, no perteneció al Partido Nacionalista ―un detalle que Jiménez de Wagenheim se ocupa de mencionar. El hecho es que Ruth cumplió cárcel por parecer Nacionalista.

Por otra parte, el subtítulo del libro, “Mujeres puertorriqueñas que la Historia olvidó”, invita a un análisis semántico, pues sería razonable alegar que a estas compañeras no las olvidó la Historia, por cuanto los Pueblos, sus líderes, sus reseñadores, sus políticos, sus educadores y sus historiadores somos quienes olvidamos. Los lectores, por otra parte, no deberán interpretar como indicio de menosprecio de la capacidad de la mujer boricua el hecho de que Albizu le hubiera asignado un puesto de liderato en su partido a solamente una de las mujeres aquí incluidas, toda vez que a algunas les encomendó ―y ellas no vacilaron en asumir― misiones no solo de alta confianza y responsabilidad, sino, además, de altísimo riesgo personal. Tampoco deberán los lectores conjeturar que esas militantes Nacionalistas hayan sido olvidadas o ignoradas por motivo del machismo que caracteriza a nuestra sociedad, pues no han sido pocos los hombres militantes del Partido Nacionalista de Puerto Rico-Movimiento Libertador que han sido olvidados o ignorados no solo por los historiadores, sino incluso por las pasivas y autocomplacientes organizaciones patrióticas del presente.

Jiménez de Wagenheim, perteneciente por muchos años a la denominada “diáspora” boricua y quien, aunque en las entrañas del monstruo, ha mantenido contra la corriente su primer apellido con todo y tilde, no es neófita en estas lides, pues ha publicado libros y artículos sobre otros importantes sucesos de la historia política de Puerto Rico, incluyendo nuestra rebelión contra el otro imperio, el español. Sobre todo, es preciso recalcar, lo ha hecho como es su estilo y su costumbre: con el debido respeto a los hechos históricos y a las fuentes de información.

A propósito del concepto de “diáspora”, y del debido respeto a los hechos históricos y a las fuentes, alguien se quejó en un artículo publicado en la red en defensa del aludido libro que vilipendia a Albizu de que, en su opinión, “la diáspora siempre tiene que humillarse ante los pies de la nación para ser recibida con los brazos abiertos”, y agregó: “Es interesante como se habla de nación en estos lugares sin considerar [a] los que no tienen país, [sic] porque no hay tiempo para reflexionar en eso, porque se tiene que trabajar, porque se tiene que sobrevivir, porque vivir no es posible”. Esos comentarios son cónsonos con el que publicó meses atrás con el mismo propósito, y en estos días repitió tranquilamente, el denominado National Institute for Latino Politics and Policy con base en ese mundo saturado de historia que es la Ciudad de Nueva York. Al igual que algunos comentaristas, esa entidad ha dicho que una razón por la que en nuestra patria algunos condenamos el libro aludido es que el autor es “nuyorican” y “cruzó la línea al escribir sobre un asunto que es visto como predio exclusivo de la izquierda en Puerto Rico”. Otra razón, asegura el supuesto instituto, es la “envidia” de los críticos residentes en la Isla, de quienes dice que hemos fracasado en “hacer el cruce” a la inversa, hacia la metrópoli. Ciertamente le queda mucho por aprender sobre los boricuas a ese instituto de política pública latina, aparente heredero ideológico de Ramón S. Vélez. De paso, los que escriben y hablan en nombre de ese grupo deben abandonar la práctica de valorar la confiabilidad del contenido de los libros y su utilidad didáctica en términos de la cantidad de ejemplares vendidos.

Es forzoso aludir aquí ahora al desagradable tema del referido libro por dos buenas razones: la autora del libro que les presento forma parte de esa diáspora y su contenido es un tema “de la izquierda puertorriqueña”, dicho lo último entre comillas. Esto quiere decir, a la luz de la insostenible posición de esos voceros, que la doctora Jiménez ha cruzado esa supuesta línea imaginaria que algunos han trazado con sus infundados criterios. En su ofuscamiento ideológico, ni los políticos ni los politicastros logran ver la irrefutable realidad de que no hay razón para que la diáspora boricua tenga que humillarse ante la nación a la que pertenece, ni ante entidad alguna, ni lo ha hecho ni lo hará. Es evidente que esa diáspora, a la que me integré durante unos 15 años en Nueva York, sí tiene país, pues de otro modo no sería diáspora, y ese país es Puerto Rico.

Sépase además, aquí y allá y por doquier, que los boricuas, dondequiera que estemos, tenemos el derecho y, sobre todo, el deber de exigir respeto por nuestra historia de parte de quienquiera que opte por escribir sobre la misma sin importar desde dónde lo haga ni qué organización política, decrépita o vigorosa, lo respalde. Por otra parte, a los autores de la diáspora boricua se les reconoce, como a cualquiera otro autor o autora, el derecho de escribir y publicar en el idioma que para ello escoja.

Nadie en la diáspora boricua, ya sea honesto intelectual, o colaborador de espías o mañoso explotador de la pobreza, tiene fundamento alguno para sostener que los escritores independentistas en Puerto Rico no recibimos con el debido respeto a los colegas que en sus obras a su vez respetan la Historia misma como ciencia social. Este hecho acaba de ser confirmado una vez más por la admiración y el afecto con los que hemos recibido en su patria a la compañera autora de este libro.

La concienzuda historiadora de nuestra diáspora, quien escribió este libro luego de su jubilación de la Universidad de Rutgers, cuando no se le podía aplicar aquello de “Publish or perish”, se valió principalmente de fuentes primarias tales como documentos públicos, la mayoría de los cuales vinieron a estar disponibles recientemente, testimonios escritos y entrevistas grabadas y personales con fuentes a las que ella, contrario a gárrulos de barbería, identifica debidamente. Sin embargo, por más que uno tenga preferencia por los detalles, como evidentemente es el caso de la compañera Jiménez de Wagenheim, siempre es propenso a omitir o dejar escapar o por algún motivo no resaltar sucesos que son especialmente significativos para algunos lectores. Por eso no encontré alusiones a otros asuntos de mi especial interés, como el caso Rhoads ―muy probablemente una de las causas por las cuales el partido Nacionalista recurrió a la lucha armada―; a las denuncias de Albizu de que se le exponía a la radiación ―las cuales Carmín Pérez e Isabel Rosado mencionan en sus entrevistas para el libro como lo hace Rosa Collazo en sus Memorias―; ni al diagnóstico de locura que el gobernador Muñoz Marín en su proverbial jaibería ordenó especialmente para Albizu con el fin de contrarrestar sus denuncias de tortura a la altura de la era atómica.

No obstante, es tal la abundancia de datos biográficos sobre las compañeras a las que ella alude en este valioso libro que, aunque durante unas décadas departí informalmente de vez en cuando con nueve de las compañeras aquí incluidas y de que entrevisté formalmente a algunas de ellas, encontré un caudal de datos que he venido a conocer solamente después de leer la meticulosa narración que generosamente optó por obsequiarle a su patria la doctora Jiménez de Wagenheim.

Habrá lectores a quienes, como a este autor, les extrañará su uso del verbo “asesinar” en referencia al intento de luchadores por la libertad de ejecutar o ajusticiar al presidente Truman, además de algunas afirmaciones sobre el estado de salud de Albizu mientras estuvo en Estados Unidos. Precisamente, en lo que se refiere al concepto de “asesinar” versus “ajusticiar” dentro del contexto de una lucha de liberación nacional contra un invasor militar, surgió aquí mismo en este recinto un intercambio de ideas durante un foro reciente en torno a la insurrección de 1950. Creo procedente señalar que la base de la distinción que los independentistas hacemos entre “asesinar” y “ajusticiar” es ideológica. Es la misma que hacemos entre “robar” o “hurtar” y “expropiar”. Por eso, mientras la prensa dice, por ejemplo, que los Macheteros cometieron un robo contra la empresa Wells Fargo, nosotros decimos que fue una expropiación. Sobre esta cuestión, es mi interés recalcar un asunto consabido: que es necesario y prudente fomentar el análisis y las discusiones de las discrepancias, el manejo de conceptos controvertibles y otros aspectos de la disciplinada narración histórica, con la debida sobriedad en civilizadas discusiones con respeto y elegancia, sin recurrir a exageraciones ni a insultos ni a afirmaciones infundadas.

Nationalist Heroines: Puerto Rican Women History Forgot 1930s-1950s es, además, una confiable fuente de información en torno a los atropellos de los que hemos sido y somos víctimas bajo el abusivo imperialismo estadounidense. Por estar escrito en inglés, el libro tenderá a fortalecer aún más los lazos culturales y políticos entre los borinqueños en nuestra patria y los radicados en Estados Unidos de Norteamérica y en otros países. Además, iluminará a lectores del inglés, sean estadounidenses o de otras nacionalidades, quienes gracias a la internet están empezando a enterarse de nuestra existencia como nación caribeña subyugada.

En fin, esta nueva obra de 347 páginas de historia constituye un merecido reconocimiento de la autora a unas mujeres abnegadas, resueltas, dedicadas, que vivieron de modo cotidiano y en carne propia el postulado albizuista de organizarnos y entregarnos al rescate de nuestra soberanía con valor y sacrificio; mujeres que en el proceso ofrendaron vida y hacienda por la libertad y algunas hasta renunciaron a ser esposas y a ser madres. Constituye, de ese modo, un merecido homenaje no sólo a ellas, sino a la Mujer Boricua en general, la que con su temple, su valor, sus sacrificios y su firme determinación concebirá y alumbrará al fin una patria liberada. #

* Leído el 16 noviembre de 2016 en el auditorio de la Escuela de Comunicaciones de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras.

El legado de Fidel

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El legado de Fidel

 

Papo Coss

13 de enero de 2017

 

A los 27 años, un joven abogado, proveniente de una familia privilegiada de Biran, en Holguín, Cuba, luego de ser arrestado como el líder y conspirador principal del asalto al cuartel militar Moncada, afirmó al final de su defensa personal, que la historia lo absolvería.

A los 31, desembarcó en Santiago con 82 guerrilleros del yate Granma y a los 33 años, bajó de la Sierra Maestra en el Oriente de Cuba, con un ejército libertador de campesinos, obreros, mujeres y estudiantes, que contaron con el apoyo del pueblo organizado en el clandestinaje, en todas las ciudades. Ese movimiento popular, tomó el poder en toda la nación e instauró una Revolución Socialista, a pocas millas de las costas del imperio más poderoso que ha conocido la humanidad.

Durante más de medio siglo, Fidel Castro Ruz encabezó la Revolución cubana y soberana (1959-2006), hasta que a los ochenta años, decidió retirarse de la actividad política oficial, debido a problemas de salud y contando con el apoyo masivo del pueblo, que hoy más que nunca se identifica políticamente como Fidelista.

Fallecido a los 90 años de edad, cumpliendo su último deseo, su cuerpo fue cremado y durante nueve días de duelo oficial, millones de cubanos de todas las edades, lo acompañaron en una Gran Caravana desde la Plaza de la Revolución en La Habana, hasta el destino final, una piedra de monolito en Santiago.

Allí reposan sus cenizas, con una sencilla tarja que dice Fidel, justo al lado del monumento del apóstol de la patria cubana, José Martí. Nunca antes se había celebrado un duelo tan masivo en la historia de América Latina y el Caribe.

Más de cincuenta Presidentes, Primeros Ministros y altos funcionarios de todo el mundo, viajaron a su despedida en Cuba y muchos más escribieron notas de reconocimiento a su gesta política y humanitaria. Nunca antes en la historia, un expresidente de América Latina y el Caribe, había recibido una demostración de reconocimiento internacional de tal magnitud.

La Organización de Naciones Unidas (ONU), le dedicó una sesión póstuma, por su histórica lucha apoyando la Descolonización, el Desarme Nuclear, los procesos de Paz y su contribución universal al alertarnos sobre el Cambio Climático.

Los más prestigiosos historiadores, lo comparan con el Libertador de América, Simón Bolívar y lo destacan como uno de los dirigentes políticos más influyentes del siglo veinte. Esta realidad explica el impacto internacional de su muerte natural, luego de sobrevivir más de 600 atentados de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos.

Sin pretender agotar el listado de contribuciones históricas de Fidel, ni sus cualidades de líder y conductor del pueblo de Cuba, destaco algunos aspectos que sobresalen de su formación intelectual y legado universal, de manera breve:

Primero: El pensamiento revolucionario de Fidel, que impactó a toda la humanidad, tiene su raíz en la vida y obra de José Martí, en el siglo 19, aplicado al contexto histórico del siglo 20. También están muy presentes en el ideario de Fidel, las enseñanzas de Karl Marx y Vladimir Illich Lenin, fundador del concepto lucha de clases en 1848 y de la Revolución Rusa del 1917, respectivamente.

Segundo: La influencia de la ética cristiana en su niñez y adolescencia (de 8 a 18 años) bajo la tutela de la Orden Jesuita, de la Iglesia Católica, fue parte esencial de su formación teórica. De ahí, su férrea defensa de la alianza entre cristianos y marxistas en las luchas de liberación nacional en América Latina y el Caribe, así como su relación fraternal histórica con El Vaticano. La honestidad, la compasión, la humildad y la lealtad como valores humanos esenciales, fueron siempre destacadas por Fidel.

Tercero: Su concepción de la solidaridad internacional, comprobada con el envío de decenas de miles de maestros, médicos, deportistas y profesionales a más de 60 países es un hito humanitario esperanzador. Ejemplo de ello es la creación de una escuela de medicina para jóvenes extranjeros en La Habana, símbolo de ese espíritu solidario que representa Cuba.

Cuarto: La gesta militar y política cubana, dirigida por Fidel, en apoyo a los procesos de liberación nacional de América Latina y la descolonización en Angola, Namibia y la derrota del sistema racista apartheid en África del Sur, cambiaron la correlación de fuerzas internacionales en nuestro hemisferio y en el mundo. La creación del Movimiento de Países No Alineados, tiene en Fidel sus gestores principales.

Quinto: La aprobación de una Constitución Socialista en 1976, bajo el liderato de Fidel, garantiza la participación del pueblo, de manera directa en todas las decisiones del gobierno y la elección libre de sus delegados del Poder Popular, en función de sus aportaciones a la sociedad, logrando la instauración de una democracia participativa sin precedentes, en América Latina y el Caribe.

Sexto: Los altos niveles de la calidad de la educación, los servicios de salud, el deporte y la recreación gratuita, al alcance de toda la sociedad, convierten a Cuba en una potencia cultural a nivel mundial. Esta realidad se ejemplifica en su clasificación número 48, en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) de la ONU y el país número 3 en América Latina y el Caribe, a pesar del bloqueo criminal de USA, que ya resulta obsoleto ante la heroica resistencia del pueblo cubano.

Séptimo: La seguridad social existente en Cuba, priorizada por Fidel, es producto sobre todo de la ausencia del narcotráfico como un problema social, lo cual garantiza un bajo nivel de criminalidad y la inexistente enfermedad de adicción a drogas. Esta realidad le permite a la sociedad cubana vivir en paz social y menores niveles de estrés que en los países capitalistas modernos.

Octavo: La advertencia mundial de Fidel, del potencial cambio climático y sus consecuencias desastrosas, como producto de la contaminación ambiental provocada por los países desarrollados, resultó una voz de alerta, décadas antes de convertirse en una prioridad internacional. Lo propio con su reclamo de no proliferación de armas nucleares y desarme, que lograron un consenso en la ONU, el Movimiento de Países No Alineados, el Foro Social Mundial y otros.

Noveno: El nivel de organización y participación ciudadana que ha alcanzado Cuba, a través de sus entidades de masas, como los Comités de Defensa de la Revolución, la Central de Trabajadores, la Federación de Mujeres, la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, la Federación de Estudiantes y la Organización de Pioneros José Martí, junto a sus diversas instancias políticas del Poder Popular, la Asamblea Nacional, el Consejo de Estado y el Partido Comunista, que estratégicamente visualizó Fidel, son la garantía de la unidad del pueblo, la consolidación y continuidad de la Revolución.

Pueden seguir enumerándose aportes importantes de Fidel y la Revolución Cubana, también muchos errores, pero lo que no se puede negar, es su trascendencia como líder de un pueblo educado, sano y solidario, que hoy sirve de ejemplo para la humanidad.

Si Bolívar fue El Libertador de América, me atrevo a describir a Fidel como un visionario o un iluminado, que logró convertir en realidad casi todo lo que imaginó. Su legado de sabiduría, valentía, firmeza en los principios, flexibilidad táctica, vitalidad y ternura, lo convierten ahora en un símbolo aún más poderoso.

La historia lo absolvió y con su ejemplo de vida, logró perpetuarse en el alma del pueblo cubano y de las fuerzas progresistas del mundo.

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Oscar López y los prisioneros políticos de 1895-96

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Oscar López y los prisioneros políticos de 1895-96

El martes 17 de enero se produjo –¡por fin!– el anuncio de la conmutación de la pena carcelaria impuesta al prisionero político puertorriqueño Oscar López Rivera. Sin ánimos de realizar una cronología de los prisioneros y prisioneras políticos puertorriqueños en cárceles extranjeras, conocemos que desde el siglo XIX han existido boricuas presos por delito de conspiración, sedición o por propiciar rebeliones separatistas: primero contra España y luego desde 1898, contra los Estados Unidos. Un ejemplo de esto lo fue el caso de los rebeldes del sureste de Puerto Rico.

En octubre de 1895, veintisiete puertorriqueños de los pueblos de Patillas y Arroyo fueron detenidos por pertenecer a sociedades secretas donde se conspiraba con el fin de separar a Puerto Rico de España. Sin embargo, a falta de pruebas, fueron liberados por la Guardia Civil (fuerza militar española a cargo de los asuntos de seguridad internos de España). Para el octubre del 1896 los arrestaron nuevamente y fueron sentenciados por el Consejo de Guerra en San Juan de conspirar para una rebelión y atacar a las fuerzas armadas. Durante el segundo arresto de los sediciosos, el Consejo exigió al Gobernador General de la Isla el traslado de los penados a cárceles en la península debido a que contaban con antecedentes en contra del régimen colonial. Por lo tanto, era considerado inseguro que cumplieran sus condenas en cárceles locales. Por esta razón solicitaron trasladado en el primer barco de vapor que saliera hacia España.

A su llegada a la península fueron recibidos por el gobernador interino de Cádiz, quien inmediatamente los envió a prisión. No obstante, en espera de la orden militar que indicaba las distintas cárceles donde cumplirían las condenas, los rebeldes arrestados permanecieron un año presos en Cádiz. Finalmente, por intervención del Ministro de Ultramar, Segismundo Moret, fueron indultados. Más de la mitad de los arrestados zarparon desde la península con destino a la Isla el diez de febrero de 1898.

Como maestro de historia se me hizo inevitable comparar y contrastar estos prisioneros políticos puertorriqueños finiseculares con el prisionero político Oscar López Rivera. Son sobrados los paralelismos en estas dos historias, tanto en los prisioneros políticos de Arroyo como en Oscar López. En ambos sucesos encontramos que tanto los presos políticos de Cádiz como López Rivera pertenecían a sociedades secretas que conspiraban con fines separatistas, fueron sentenciados por los mismos cargos y enviados a cárceles extranjeras a cumplir sus condenas. Por otro lado, contrastan los elementos de la condena entre ambos casos. A ninguno de los prisioneros políticos por los sucesos de Arroyo se les sentenció a más de diez años de prisión, ni por los cargos de conspiración para la rebelión, ni por los cargos de ataques a las fuerzas armadas.

Ahora bien, debemos enfatizar en la similitud del contexto histórico en que se han desarrollado ambos procesos de liberación. El momento en el cual fueron puestos en libertad los prisioneros arroyanos se estaba llevando a cabo la instauración del gobierno Autonómico para Puerto Rico, bajo la administración del Gobernador General Manuel Macías Casado. Mientras que, en la actualidad, Puerto Rico espera la liberación de Oscar bajo el control de una Junta de fiscalización, acordado por el gobierno federal y en los albores del centenario del establecimiento de la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños.

Desde noviembre de 1897, se exigió la liberación de prisioneros políticos en cárceles extranjeras por cargos de conspiración para la rebelión. Esperanzados, que el 2017, después de ciento veinte años, la historia se repite para que “Don Oscar” regrese a su casa y con él, la descolonización de nuestra Isla.

Publicado en: http://www.80grados.net

Hostos: una figura poliédrica

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6 de enero de 2017

José Ferrer Canales veía en Hostos una figura poliédrica. Con esa expresión se refería don Pepe al rico haz de surcos desde los cuales Hostos emprendió carreras exitosas.

El hecho de que Hostos no fuera hombre de partido, grupo o secta, no lo recluye a las esquinas o los rincones. Hostos fue hombre de compromisos. Un hombre que nació escindido entre el estudio y la acción, entre las armas y letras. Desde joven coordinó sus esfuerzos libertarios desde el periodismo militante, luego desde la tribuna, más tarde desde organismos de lucha política y de estudios –clubes ligas, asociaciones–, y desde el aula, finalmente. Es decir, que su vida no fue la del marginado sino la que emerge de un sentido de servicio instigado por un deber y una moral amplios. De ese esfuerzo brotaron esas múltiples facetas de su personalidad que evoca Ferrer Canales.

Cuando en la aduana de Brasil se le requiere el pasaporte, Hostos responde que no tiene patria: está creándola. Lejos de entender por esta anécdota que Hostos carece de identidad, lo que hay que ver en ello es la voluntad de adscribirse a identidades múltiples: las de aquellos países en los que alcance a ser útil para construir en ellos pueblos más libres.

Al decidir salir de España en el 1869 Hostos se despoja de su prestado hábito español para hacerle la guerra al gobierno de España. Su eje fundamental se desplaza a la guerra cubana libertadora de los diez años. Mas la meta de su lucha militante de la década del setenta era indefectiblemente la confederación de las Antillas.

En los trabajos tempranos del joven Hostos palpitaba la idea de la unidad de las Antillas. Hostos vio desde muy temprano en ellas el germen de una “nacionalidad común”. Su lucha por esa confederación la preside la necesidad de ver prevalecer la soberanía de sus Antillas. En la segunda edición de La peregrinación de Bayoán publicada en Chile ya está presente una temprana identidad múltiple de Hostos: es puertorriqueño, es cubano, es dominicano, y por necesidad y algún aprecio para con su pueblo que nunca cede, español. Ya puede verse el punto de partida de su identidad poliédrica. La peregrinación por los países de la América del sur que inicia en 1870 expandirá de manera insospechada, con dimensiones continentales, el espíritu expansivo de sus identidades múltiples.

Como sabemos, su periplo inicia en Colombia, Cartagena y el istmo panameño.

Tanto en la crónica diaria de sus viajes, como en artículos y reflexiones, Hostos se refiere de manera constante no solo a su solidaridad con las poblaciones y grupos que existen al margen de las dominantes, sino que se identifica con muchas de ellas. Quizás una de las primeras que refiere, apenas inicia ya el viaje al sur, sea la de los cholos que viajan con él a Cartagena. Hostos se sorprende de ver cómo los cholos convierten el buque en feria, y disfruta sobre cubierta de sus bailes y cantos, confundiéndose con ellos.

En Perú, por otra parte, se detiene a observar inquisitivamente la situación de las poblaciones incas y también la de los esclavizados chinos, totalmente marginados de la vida de la república. Su indignación arranca chispas. En Chile, no escapan a su atención los promancaes y los araucanos, los mapuches, huasos y rotos, y la situación de opresión y subordinación de la mujer. En Argentina, serán los gauchos y los inmigrantes. Aunque no le era ajena desde niño en Puerto Rico, en Brasil, lo escandalizan las maneras practicadas allí de la esclavitud africana.

En todo ello, dicho sea un tanto al margen de estas observaciones, Hostos está defendiendo los derechos de todas las poblaciones, marginadas, desamparadas y oprimidas, a integrarse en la vida de la república, es decir, a la democracia, que no puede existir sin la participación de todos. En esta solidaridad con los condenados o “desamparados” de la tierra, Hostos no deja de incluir, siquiera como un señalamiento en su Tratado de moral, la explotación que practican las grandes potencias europeas en las infinitas comunidades y culturas de cada rincón del planeta. Ese ejercicio imperialista lo indigna.

En este deslinde de identidades múltiples no debemos dejar de lado que, en el caso de Hostos, estamos ante una figura que se destacó en diferentes disciplinas intelectuales y que exploró muchas otras. Se destacó, tanto en el estudio de la disciplina, como su práctica, en la política, la filosofía –ética y lógica–, la sociología, la pedagogía, el derecho –penal y constitucional–, la geografía evolutiva y la política, la historia de las civilizaciones semítica y china, la gramática, la literatura, la crítica. Abordó también la sicología, ciencia en ciernes. Con lo anterior queremos decir que fue un historiador, un político, un geógrafo, un escritor, un sociólogo, un pedagogo, entre otras cosas.

Sus vínculos con la cultura masónica no están claros, pero son indudables. El krausismo no determinó en el Hostos definitivo una creencia en dioses, como en cambio, sí se manifiesta en el Hostos joven madrileño.

En el caso de las experiencias vitales del individuo, otro tanto. Es famosa, en ese sentido, su definición del “hombre completo”, es decir, del ser humano que reúne en sí mismo todas las edades, y las facultades y características que las definen: niño de corazón, adolescente de fantasía, armonía viviente de razón, sentimiento y voluntad, mediador entre el racionalismo excesivo y el pasionalismo.

El “Diario” refleja el desarrollo de un carácter fluido. El joven Hostos es un hombre solitario y de emociones intensas, con tendencia a la depresión, el autocastigo, seguido de la exaltación. Está constituido de “opuestos”. “Mal, mal, mal”, se repite. Es época en la que repercuten con intermitencias alusiones a motivos religiosos que luego se desvanecerán. El Hostos maduro da la espalda a esa dimensión de nuestra cultura.

Sorprende que la vinculación de Hostos con la cultura y los problemas de cada país que visita y de cada comunidad marginada que conoce lo mueva a la aspiración de “serlo todo a un mismo tiempo”: antillano por la América latina, latinoamericano por las Antillas; peruano, colombiano, chileno, argentino, ecuatoriano, boliviano, paraguayo, como pudiera serlo el mejor de sus patriotas. Y aun añade, además: indio, chino, huaso, roto y gaucho.

Quizás acercándose o evocando, con conciencia o sin ella, los predios del pensamiento de Prouhdon, Hostos siempre opta por los “desamparados” y los “desheredados”. Concurrente con sus afectos, aboga por cholos, indios, chinos, gauchos, y con particular denuedo, por los esclavos. A propósito de la esclavitud en Brasil, Hostos, mucho más allá de la mera abominación moral y humana, repasa matemáticamente, y en términos económicos, la explotación de los esclavos incluyendo el particular sobreabuso con la mujer esclava.

En octubre de 1869, en París, Hostos asiste a una “reunión de pueblo”. Son los tiempos revolucionarios que preludian la Tercera República y que vienen de las oleadas de un fuego sofocado y vuelto a arder desde el 1848. En esa reunión se habla de “ciudadanos”, y mientras Hostos describe “los pocos vestidos burgueses”, las abundantes gorras de obreros, se discute de la libertad y derechos de los obreros, de las huelgas, de la cuestión social, del llamamiento a la fuerza, a las armas, del ruido de un pueblo “dueño” de sí mismo, de un orador que se declaró comunista.

Se relacione o no con lo anterior, Hostos muestra conocimiento de los acontecimientos revolucionarios que a fin de siglo sacuden y se ciernen sobre el pueblo eslavo y, augurando ríos de sangre en el siglo XX, señala la futura lucha por la libertad que empezará “a resolver el problema moderno de la Industria: propiedad para todos; trabajo para todos; producción y consumo para todos”. Hostos no le da nombre a este sistema, pero los lectores podrán reconocerlo.

No hay que olvidar, por otra parte, que también hay en Hostos un espacio reiterado y medular que corresponde a la familia de su niñez. En ese espacio habita la veneración perenne de su madre que evoca afligido en cada aniversario de su muerte. Su padre, en segundo lugar, que lo auxilia continuamente y de cuyas penurias se compadece. Sus hermanos y hermanas, perdidos, uno a uno, a lo largo de su vida. Y tras la esposa e hijos antes mencionados, sus reiterados conatos de amor.

Mas, de la inmensa heterogeneidad humana que lo acompaña, Hostos, asentado como vivió en la historia heroica de la América nuestra, también se traslada mentalmente a la época de la conquista y colonización, para sentirse, según dice, “Bayoán, Caonabo, Hatuey, Guatimozín –Cuauhtémoc–, Atahualpa, Colocolo”.

Finalmente, una de las más estremecedoras identidades que asume por transferencia Hostos, está retratada de manera muy elocuente y lírica en la escena que refiere y con la cual culmina su discurso “El propósito de la Normal”. Cuenta Hostos que ve pasar por la puerta de la escuela Normal una campesina que, doblando la rodilla, se persigna y ora ante el “templo de la verdad”. Con evidente emoción, Hostos ve en ella la “personificación de la sociedad de las Antillas”, su derrotero más encarecido.

* (2007). El presente trabajo es un resumen de otro más amplio escrito como introito a una recopilación nuestra de ensayos sobre Hostos que desearíamos ver publicado un día.

Publicado en: http://www.80grados.net/hostos-una-figura-poliedrica/

Arranca siembra de árboles en honor a Oscar López

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Arranca siembra de árboles en honor a Oscar López

La organización “33 en 33 X Oscar”, una de las diversas organizaciones que impulsaron la excarcelación del independentista Oscar López Rivera, y la Fundación Casa Albizu arrancaron hoy la jornada “Árbol de la libertad: sembrando patria”.

Barack Obama usó el pasado 17 de enero su poder ejecutivo para conmutar la pena de López Rivera tres días antes de abandonar la Casa Blanca y de pasar el bastón de mando, el viernes 20 de enero, al presidente electo, Donald Trump, y conmutó su condena a prisión, que expirará el próximo 17 de mayo.

Según en un comunicado de prensa, el propósito de la cita, que arrancó en el Bosque Urbano de San Sebastián, municipio natal de López Rivera, es sembrar árboles autóctonos de Puerto Rico, en cada uno de los 78 municipios.

Los árboles estarán acompañados de una placa alusiva al tipo de árbol e incluirá “la gesta patriótica-libertaria” de López Rivera.

Los organizadores de la cita de este sábado exhortaron a los residentes de cada uno de los municipios de la isla a participar en esta gesta, tal y como lo hicieron en las caminatas a favor de la excarcelación de López Rivera.

“Dichas caminatas tuvieron como resultado la incorporación de miles de personas reclamando su excarcelación, la cual pronto se convertirá en realidad”, indicaron.

La hija del independentista, Clarisa López Ramos, López Rivera puede ser liberado antes de mayo de una prisión en el estado de Indiana porque ya cuenta con una dirección residencial y puesto de trabajo.

López Ramos sostuvo que su padre viviría con ella en su residencia en la capital puertorriqueña y que trabajaría como gestor comunitario en el Municipio de San Juan, bajo la Administración de la alcaldesa Carmen Yulín Cruz Soto, una de las promotoras por la excarcelación de López Rivera.

López Rivera fue detenido en 1981 y condenado a una pena de 55 años de cárcel por conspiración sediciosa, entre otros delitos, a los que se añadieron posteriormente otros 15 años en 1987 por un intento de fuga.

Puerto Rico es territorio estadounidense desde 1898 y se define como Estado Libre Asociado a ese país, con Constitución propia y con un importante grado de autonomía, aunque EE.UU. se reserva apartados como defensa, moneda, inmigración y aduanas, entre otros.

La ley de EE.UU. imputa el delito de conspiración sediciosa cuando dos personas o más en cualquier estado, territorio o jurisdicción de su país conspiran para derrocar o destruir por la fuerza el Gobierno.

En 1999 el entonces presidente de EE.UU., Bill Clinton, conmutó la pena de López y varios integrantes de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), pero este rechazó la oferta en reclamo de la liberación de otros compañeros.

Publicado en: http://www.elnuevodia.com/noticias/locales/nota/arrancasiembradearbolesenhonoraoscarlopez-2285482/

Oscar Collazo López y Griselio Torresola

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El 20 de enero de 1914 nace el nacionalista puertorriqueño Oscar Collazo López en el pueblo de Florida, Puerto Rico.  Desde 1932 perteneció al Partido Nacionalista de Puerto Rico cuando escucha absorto y entusiasta a su presidente Don Pedro Albizu Campos. Lo que le sucedió a todos y a todas quienes tuvieron la oportunidad de escucharlo.

Para la década de los ’40 emigra a Nueva York y se casa con Rosa Cortez.  Allí se hace secretario y más tarde presidente de la rama del partido nacionalista en las entrañas enemigas.  Se reencontrará con Albizu Campos, aunque en esta ocasión hospitalizado.  Y conocerá a su amigo Griselio Torresola (1925 – 1950), primo de la primera mujer nacionalista que dirige una revuelta contra los EE UU, Blanca Canales Torresola (1906 – 1996).  Torresola también fue un famoso nacionalista puertorriqueño de Jayuya, quien a su vez había emigrado a la ciudad de los rascacielos en 1948.

La sentencia fue de perpetua para Collazo López, o pasar el resto de su vida en prisiones norteamericanas, por ser uno de los jóvenes adultos que en aras de la libertad patria y para exponer la situación colonial de la Isla internacionalmente el 1ro de noviembre de 1950 tirotearon de muerte por el este y el oeste a la policía y a la Casa Blair, donde residía temporalmente el presidente Harry S. Truman (1945 – 1953) debido a que la Casa Blanca estaba siendo renovada.

Griselio Torresola asesina a uno de los oficiales, y le salva la vida a Collazo López.  Ya Torresola se encontraba a 30 pies de distancia del presidente Truman, cuando los agentes le gritan a su presidente que se aleje de la ventana.

El oficial Private Leslie Coffelt herido de muerte por Torresola busca la manera de detonar su arma, y asesina a Torresola de un tiro en la cabeza.  Collazo López, por su parte, se sobrepone de sus heridas y es enjuiciado y encarcelado en la prisión federal de Leavenworth, en el estado de Kansas.

Sobre la memoria de Griselio Torresola, Collazo López le dice al pueblo puertorriqueño: “No sería justo para Griselio solo recordarlo por su habilidad con las armas.  Nosotros debemos recordar su valentía y pericia en las guerrillas en las montañas de Jayuya y como el patriota que nunca dudó cuando su patria lo llamó para completar su deber”.

El presidente James Earl “Jimmy” Carter Jr. (1977 – 1981) conmutó la sentencia de Collazo López el 6 de septiembre de 1979, casi treinta años después.  También conmutó las sentencias de los héroes que atacaron a tiros al Congreso de Representantes del Imperio durante el 1ro de marzo de 1954: Dolores (Lolita) Lebrón Sotomayor, Rafael Cancel Miranda, Irving Flores Rodríguez y Andrés Figueroa Cordero, quien por los paupérrimos cuidados de salud enfermó de cáncer tras las rejas, viéndose al borde de la muerte en 1977.

El periodista, escritor y político colombiano Gabriel García Márquez fue uno de tantos que solicitaron la excarcelación del nacionalista enfermo. En su carta le dice a Carter lo siguiente:

“Sin otro título que el de escritor latinoamericano, le pido que considere, en el fondo de su corazón cristiano, la severa situación del patriota puertorriqueño Andrés Figueroa Cordero, quien ha cumplido 23 años en la cárcel en Estados Unidos, y ahora se enfrenta a la muerte debido a una enfermedad incurable”.

Seis días después de cumplidos los veinticinco años de la conmemoración del grito: “Viva Puerto Rico Libre” y los disparos de sus compañeros en el Congreso, muere a los 55 años Figueroa Cordero el 7 de marzo de 1979 en Puerto Rico.

Mientras, Oscar Collazo López muere a los 80 años en 1994 también en la Isla.

P.D.: Las fotografías son como siguen: Don Pedro Albizu Campos, Oscar Collazo López y Rosa Cortez, Griselio Torresola, Harry S. Truman, Collazo López herido, Torresola yace muerto, Collazo López es arrestado, sale la vda. de Torresola, los héroes del ’54, Jimmy Carter, Gabo con Fidel y Andrés Figueroa Cordero con Fidel Castro Ruz en Cuba 1978.

Libertad para Oscar: Ahora sí va

 

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Libertad para Oscar: Ahora sí va

El presidente estadounidense Barack Obama (2009 – 2017) faltando dos días para dejar la Presidencia y Casa Blanca, decidió conmutar a Oscar López Rivera, el más reciente preso político puertorriqueño y el más antiguo en cárceles norteamericanas durante la tarde del martes 17 de enero de 2017, cuya libertad será efectiva el mismo día en mayo del año en curso.

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El independentista fue detenido el 29 de mayo de 1981 en Glenview, Chicago.  Y condenado en septiembre del mismo año a 55 años carcelarios por conspiración sediciosa al pertenecer a las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) y luchar por la libertad de Puerto Rico.  En 1988 fue sentenciado a 15 años adicionales por un alegado intento de fuga.

Oscar con 74 años recién cumplidos el viernes 6 de enero, día trascendental en la cultura y sociedad puertorriqueña por la celebración de los Reyes Magos, ha cumplido 36 años de la sentencia impuesta por el Imperio Norteamericano, y de estos los más recientes estando encerrado en la cárcel federal FCI Terre Haute, en el estado de Indiana.

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“Si las agencias federales tuviesen una huella digital mía asociándome con cualquier cosa en que haya habido muertos, estuviera sentenciado a cárcel de por vida”, dijo en entrevista con El Nuevo Día, el 1 de diciembre de 2016.


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En la más reciente entrevista con El Nuevo Día, López Rivera mencionó que tan pronto salga de prisión irá a ver a su familia en Chicago. Pero, irá a vivir a su país. “(Quiero) disfrutar de Puerto Rico, de mi familia. Pero, a mí me gusta trabajar. Tengo unas destrezas – organizar, ayudar a los jóvenes – que quiero compartir con la gente”, dijo.

“Tengo la esperanza de que podré salir de la cárcel y que el tiempo que sea que me quede en este mundo dedicarlo a trabajar y luchar para ayudar a resolver el mayor problema que enfrentamos”, que es la situación colonial de Puerto Rico,  indicó López Rivera el pasado 6 de enero, cuando cumplió 74 años.

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López Rivera recibió también clemencia – condicionada a que cumpliera otros 10 años de cárcel-, en agosto de 1999, cuando el presidente Bill Clinton indultó a una docena de prisioneros de los grupos clandestinos Los Macheteros y la FALN.

Entonces, López Rivera – veterano de la guerra de Vietnam -, rechazó la oferta, principalmente porque los indultos no incluyeron a dos de sus compañeros – Carlos Alberto Torres y Haydee Beltrán.

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“Nunca, ni en Vietnam ni en la calle dejé a nadie atrás. Se me hizo difícil sabiendo que podía salir primero que ellos.  También en 10 años adicionales de cárcel no podía cometer ninguna infracción y en la prisión uno nunca sabe lo que el carcelero puede querer hacer”, dijo en 2013.

En 2011, con ambos en libertad, pidió entonces clemencia al presidente Obama.

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“Si él estuviera dispuesto a escuchar podría ver que todavía puedo ser productivo. No tengo nada por lo que se pueda decir que soy una persona maligna”, afirmó López Rivera en la más reciente entrevista con El Nuevo Día, reconociendo que una vez pasadas las elecciones presidenciales de 2016 crecieron sus oportunidades de ser excarcelado.

El prisionero independentista ha lamentado el alejamiento de su familia y la represión que sostiene sufrieron sus seres queridos.

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“Mis dos hermanos fueron llamados ante el Gran Jurado. Los dos rehusaron. Mi hermano menor cumplió 13 años de cárcel por rehusar declarar. Mi hermano mayor fue despedido de su trabajo. Mis hermanos no sabían absolutamente nada de lo que yo hacía. Nunca los involucré en nada. Una de las prácticas más feas era que los agentes iban a visitar a mi madre. Se metían a la casa cuando ella estaba fuera. Cuando ella regresaba la estaban esperando, diciéndole que si no me entregaban me iban a matar. En esos cinco años (en la clandestinidad) nunca vi un familiar mío. Cuando mi madre me dijo eso, para mí fue doloroso”, señaló recientemente López Rivera.

Para el movimiento “Nuestra revolución”, creado por el senador independiente y exprecandidato presidencial demócrata Bernie Sanders, después de 36 años en prisión, la excarcelación de López Rivera acentuará que a pesar de haber pasado 12 años en solitario “nunca estuvo solo”.

La familia de Oscar: su hermano José López Rivera, director del Centro Cultural Puertorriqueño en Chicago.

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Gracias, Dios.  Alegría, Alegría, Alegría.

2da Ronda de Reseñas: Pérez Álvarez, Eliseo. The Gospel to the Calypsonians: The Caribbean, Bible and Liberation Theology. México: El Faro, 2004.

 

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Nos reunimos en la Iglesia Luterana Divino Salvador en Cataño, Puerto Rico, durante el 6to Domingo de Pascua que caía el 16 de mayo de 2004, con el objetivo de realizar la 2da ronda de reseñas del libro: Pérez Álvarez, Eliseo. The Gospel to the Calypsonians: The Caribbean, Bible and Liberation Theology. México: El Faro, 2004.

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Algunas pinceladas de lo que dije:

Los Indios Nativos Americanos tienen 4 principios básicos:
Hablar desde el corazón
Escuchar con el corazón
Ser concisos y
Ser espontáneos

En mis años que tengo el gusto de compartir ideas con el teólogo y filósofo Eliseo Pérez Álvarez puedo decir que es muy parco al hablar, prefiere acallar humildemente su ego para tener acceso a las cruces y sabiduría vivencial de las demás personas. Pero cuando habla te conduce a: la risa, la reflexión honesta y asumir posturas. Sus planteamientos son simples y concisos como sus palabras, pero de unas profundas bases teológicas y filosóficas en las que en todo momento procura hacer entendible lo que conlleva ser realmente cristianos y hacedores del Reino de Dios desde el presente, en nuestra tierra. Su vasto conocimiento no le ha impedido ser un hombre sensible, embromón, accesible y creativamente espontáneo. Eliseo como buen descendiente indígena de la tierra azteca cumple con los cuatro principios de los indios. Su libro refleja su ser, sus opciones, sus preocupaciones y lo que sencillamente le molesta.

En su segundo libro de sermones es explícito su énfasis de que las iglesias re-lean el texto bíblico desde el contexto sociológico en el que se vive, sin el característico menosprecio de nuestras raíces. […] nos reta a ampliar nuestra limitada visión cartográfica aprendida. Haciendo esto, busca validar las otras culturas, modos de pensar, amar, hacer, predicar, adorar, comer, bailar, cantar y vivir.

Es su intento de Re-formarnos el pensamiento de manera creativa al invitarnos a “aprender a desaprender” el programado y acostumbrado diskette mental y re-construirnos nuevamente, según los valores innegociables del Reino: la vida, la dignidad humana, la solidaridad, el amor y los derechos humanos.

El libro es una joya homilética no sólo para el Caribe, sino para toda Latinoamérica por su pertinencia social, teológica y pastoral en los tiempos que vivimos.

Su obra nos alecciona en muchos tópicos de los cuales sólo voy a mencionar algunos: en ver con sospecha la historia escrita y dicha por los poderosos; a reorientar el mapa bíblico y hermenéutico, y a su vez, aterrizar nuestra cielografía y el Reino de Dios; en celebrar y aprehender la diversidad, porque Dios nos ha creado diferentes y con carismas distintos con el propósito de mostrar que en sus moradas cabemos todos; a validar a que soñemos… un mundo mejor; a ser y pensar diferente; a ser tal cual somos: originales; a ser holísticos en nuestros discursos teológicos y pastorales; que el pecado es la pérdida de identidad personal e histórica; que el diablo no es una persona, sino todo aquello que tiende a dividir, separar, excluir; que el amor, la solidaridad, el compromiso, la aceptación, une; la apatía, el odio, el miedo, la ignorancia y la tolerancia, divide.

El autor se posiciona con los perdedores del mundo, como Jesús en su tiempo, para promover la libertad, el amor, la solidaridad comunitaria por la esperanza de otro mundo utópico, del Reino de Dios. El subvierte el orden actual por el orden divino, es un desobediente civil y eclesial para ser un agente social de consciencia transformadora por su obediencia a Cristo. Más aún, al Reino. Eliseo es un profeta de Dios en nuestros tiempos.

Como profeta es un hombre de una aguda sensibilidad para discernir los argumentos que acarrean división, exclusión y muerte. Y con valentía se posiciona para denunciar y anunciar, como buen teólogo de la cruz, con nombre y apellido las potestades del mal sin cansarse de repetir lo mismo en beneficio de devolverle la dignidad a todas las personas atropelladas, silenciadas y vejadas de nuestras iglesias y sociedades.

El libro del Dr. Pérez se puede ubicar bajo la sombrilla de la Teología de la Liberación y variadas teologías contemporáneas, la Teología Feminista Latinoamericana, la Afro-Americana, la Indígena, la Ecuménica y la tan invisibilizada Teología Queer.

Eliseo des-invisibiliza la homofobia eclesial. El autor es de los pocos y atrevidos pastores latinoamericanos que ha escrito a favor de las minorías sexuales dentro de nuestro contexto marcadamente machista y heterosexista. Lo hace con audaz valentía con el propósito libertario de restaurarnos nuestra dignidad de personas en el común seguimiento de Jesucristo, sin coartar nuestra sexualidad o nuestra fe. Desde hace unos años el Dr. Luis Rivera Pagán viene anunciando que las iglesias deben tomar carta en el asunto y asumir posturas liberadoras e igualitarias con nosotras y nosotros. Eliseo con esta obra se suma en el anuncio liberador de las Buenas Nuevas a la Comunidad Queer de manera pública y por escrito.

Eliseo me ha abierto la puerta para que no me quede en el silencio y la negación. Y estoy aquí como lesbiana y cristiana tomando el lugar que me corresponde en la Casa de Dios como su hija amada. Ese es uno de mis dones y mis cruces, por ende, la lucha que me pertenece a mí batallar, pero junto a la Comunidad LGBTT y aliad@s: buscar espacios igualitarios en las iglesias para la Comunidad Queer en todos los ministerios, incluyendo la pastoral. Las personas homoeróticas no queremos más tolerancia apática y jerárquica, deseamos la aceptación e inclusividad solidaria real de todo nuestro ser, como también bautizados en el Espíritu de Dios. Eliseo en sus sermones, “Third Sex Christians” y “Liberating News for Queers” nos da nombre, nos da rostro, nos hace persona y nos hace dignos como criaturas de Dios.

El corazón de Eliseo se ha desnudado con esta excelente obra y muestra lo que el calendario litúrgico nos dice hoy en el Evangelio de San Juan (14:23, 27): “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él”. Y como fiel y valiente discípulo de Jesucristo habla y liberta sin miedo. A su vez, como hijo de su tierra mexicana también cumple con los 10 Mandamientos Indígenas, Eliseo:

Permanece cercano al Gran Espíritu
Muestra gran respeto a sus semejantes
Asiste y es solidario con quien lo necesita
Es verdadero y honesto en todo tiempo
Hace lo que sabe es su deber
Busca no sólo a las personas íntegras y sanas, sino a las que están en proceso de sanar
Trata la Tierra y todos sus habitantes con respeto
Asume total responsabilidad de sus palabras y actos
Dedica sus esfuerzos al Gran Bien Común
Trabaja en equipo para el bien de toda la humanidad

Pastor, maestro y amigo, gracias por tu modelaje de la orto-doxia y la orto-praxis cristiana, por tu anuncio y denuncia, por tus categorías filosóficas y tu teología de la cruz liberadora, por tu centralidad en la mesa tanto eucarística como en la mesa diaria, por devolvernos la historia silenciada, por tu calidad humana, por tu alma indígena y caribeña y por tu contínua opción por los perdedores del mundo como Dios lo hizo. Que viva el Jammin, el Jamar (comer) y el Calipso! Que Dios te continúe bendiciendo tanto a ti como a Gina. Y a echar pa’ lante que en el cielo/tierra hay fiesta hoy.

P.D.: Me antecedí a la decisión de inclusividad de la ELCA (EE UU) por varios años. Además, las fotos son una copia de las originales, pero al tener gloss estábamos arropadxs por la luz y pierden visibilidad, también añadí las que tenía el documento original.

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San Juan de la Cruz

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Por Xabier Pikaza

 

Un día como hoy (14.12.16), hace 425 años, murió San Juan de la Cruz (SJC), quizá el mayor poeta de la literatura castellana, quizá el cristiano más radical e influyente (con Ignacio de Loyola) en la Edad Moderna.

En este blog he presentado varias veces una semblanza de su vida y obra (con el comentario de algunas canciones de su Cántico Espiritual). Este año quiero evocar, en dos o tres postales, la aventura más alta de su vida: los casi nueve meses de cárcel de Toledo, tragado por una ballena como él dice en una carta dirigida a su amiga Catalina de Jesús: 6.7.1581) y arrojado después en tierra extraña (como nuevo Job de desventuras).

Pero Job terminó quejándose del Dios de la ballena, mientras que San Juan de la Cruz escribió en la durísima cárcel (vientre de ballena) unas canciones de amor que siguen siendo fuente de inspiración y asombro para todos.

Alonso

Aprovecho la ocasión para presentar el libro de E. Alonso , una historia novelada de SJC desde la perspectiva de la ballena, resaltando más la parte ascética de aquella cárcel. Yo pondré en mis postales (en ésta y las siguientes) la parte dura pero también hermosa, amorosa y creadora de aquella experiencia. Buen día de San Juan de la Cruz a todos.

Imagen 1. Grabado de Toledo, del año 1689, dedicado al Cardenal. F. Portocarrero. Bajo el alcázar, símbolo del poder político-militar de la Corona, el convento del Carmen Calzado, donde a SJC “le tragó aquella ballena” y donde estuvo ocho meses preso, en peligro de muerte. En el vientre del gran pez le visitó el Amado, inspirándole sus Canciones.

Imagen 2. Portada del libro que A. Alonso, profesor de literatura, escritor y novelista, ha dedicado a SJC, el preso de la ballena. Ha sido publicado por mi amigo y colega Antonio Duato, en Atrio-Llibres (para información y visita del blog, cf. http://www.atrio.org/ ). A los dos, Eduardo Alonso y Antonio Duato mi admiración y agradecimiento.

Una experiencia de amor y dolor en la cárcel:

Una noche de la Octava de la Virgen de Agosto (entre el 16-18. VIII. 1578), tras casi nueve meses de dura prisión en un convento, donde le habían llevado a escondidas desde Ávila (tras haber sido secuestrado en la noche del 2 ó 3 del XII de 1577), Juan de Yepes (a quien llamaremos San Juan de la Cruz: SJC), logró descerrajar las llaves de su encierro, abrir el ventanal del alto muro y descolgarse con riesgo y audacia hasta una calle baja de Toledo, junto al Tajo. Le habían juzgado y condenado por rebelde, corría peligro su vida, y sintió el deber de conservarla y proclamar la historia de amor que allí había experimentado y fijado en bellísimas canciones, en contra de aquellos que le tenían condenado por opuesto al mandato de un tipo de Iglesia.

Salió a medio vestir, en la oscuridad ardiente de Toledo, y buscó el refugio de las carmelitas amigas, que primero le escondieron en la Iglesia, y luego hallaron la manera de ponerle a salvo, con amigos influyentes, de forma que pudo escapar de Castilla y encontrar asilo, y empezar la expansión su ejercicio de amor en Andalucía. Saltó de la altura sin nada, enfermo grave, con un hábito raído, pero llevaba en su memoria y corazón (y en un cuadernillo que al fin pudo escribir) el mayor de sus tesoros: Unos poemas de prisión y libertad, entre los que despuntaban treinta canciones de amor, en las que había condensado su más honda experiencia de vida, su visión del evangelio y su proyecto de reforma, como protesta contra la prisión y esperanza de transformación cristiana.

Desde la cárcel de Toledo

Estrictamente hablando, esas canciones no pueden tomarse como su autobiografía, pero condensaban, mejor que ningún posible texto de confesiones o memorias, el manantial de su experiencia y el proyecto de su nueva trayectoria en el “extraño puerto” de Andalucía donde le llevaron sus hermanos reformados. Así lo supieron las madres del convento de Toledo que le escucharon recitarlas (cantarlas) de forma emocionada, al acogerle con celoso secreto en su Iglesia, mientras reparaban sus vestidos y sus fuerzas, para que pudiera tomar el camino de Andalucía, bajo la protección de un amigo canónigo del Hospital de Toledo donde le llevaron primero para curarle a escondidas.

No había sido fácil mantener el ánimo y la vida en aquel penal, donde le habían juzgado, condenado y sepultado, en prisión secreta, los hermanos calzados de su Orden, con la aprobación (al menos tácita) de la jerarquía de la Iglesia, empezando por el Nuncio de Roma. Le culpaban de insolencia y desacato, de oposición a la autoridad y desobediencia a la Iglesia, en tiempos de fuerte crisis, cuando la unidad era más necesaria que nunca y los riesgos de falsas reformas se extendían por doquier, siguiendo el ejemplo protestante.

Sus “carceleros” no eran perversos ni injustos, tenían sus razones de orden y concordia en la sociedad cristiana, y así le instaron a volver a la “obediencia” religiosa, queriendo convencerle al principio con buenas razones, para que dejara la “reforma”, pues su ejemplo serviría para que también otros lo hicieran, de manera que se evitara el grave riesgo de escisión del Carmelo, con las consecuencias que ello podía implicar para la Iglesia. Ciertamente, estaba en juego un problema personal de Juan de Yepes, un “fraile” piadoso que desafiaba a sus pretendidos superiores con su libertad; pero en el fondo había también un problema eclesiástico y social, en un tiempo y país donde la Iglesia era un momento esencial del Estado.

En esa situación, Juan de Yepes se mantuvo fiel a su conciencia, por encima del orden superior de una Iglesia oficial, representada por sus acusadores. Ciertamente, las cosas no estaban claras, ni siquiera en lo referente a la Madre Teresa de Jesús, inspiradora y promotora de la Reforma del Carmelo, a la que Juan de Yepes se había sumado. Mientras esa Reforma intra-católica fuera cosa de “mujeres”, monjas encerradas en conventos recogidos, sin influjo directo en la marcha de la Iglesia, se pensaba que no había peligro. Pero el peligro surgió y se extendió desde el momento en que Teresa logró que algunos varones como Juan de Yepes (hombre de letras, que había querido ser cartujo y aislarse del mundo), con estudios y conocimiento, presbíteros de la Iglesia asumieron la Reforma.

No se trataba del riesgo protestante, que parecía quedar lejos de España, sino de algo incluso más funesto y peligroso en el catolicismo: La Reforma iniciada en el Camelo por Teresa de Jesús, y asumida de un modo especial por Juan de Yepes, representaba una Protesta contra un tipo de Iglesia de grandes poderes y conventos, vinculados a un tipo de poder político, eclesiástico y social, para volver sencillamente al evangelio, es decir, a la oración en libertad, a la transformación personal. Sin duda, Teresa de Jesús aprovechó sus influjos político-sociales, como mujer crecida en el seno de una burguesía influyente de “provincia”, pero con acceso a obispos y señores, e incluso al mismo rey Felipe II, y así pudo evitar la persecución directa, aunque debió pasar por tribulaciones y dificultades. Pero la situación era distinta para hombre menos influyentes en lo externo, como Juan de Yepes.

SJC provenía de una familia pobre (con parientes muertos literalmente de hambre), pero se hallaba dotado de inmensa sensibilidad e inteligencia. Había pasado muchas penurias, trabajando desde niño en hospitales y lugares de máxima miseria, pero, al mismo tiempo, había estudiado en los centros escolares más prestigiosos de su tiempo (jesuitas de Medina de Campo, Universidad de Salamanca). Profesó en la Orden del Carmelo y luego y, ordenado sacerdote, quiso entrar cartujo, para entregarse en soledad a la contemplación, fuera de los muros de opresión de un mundo que él había conocido bien, en el mercado de Medina (gran centro de comercio) y en la Universidad de Salamanca (centro de cultura universal).

Pero Teresa de Jesús le buscó en Medina, y le instó a dejar la idea de cartujo, asumiendo en vez de ello la Reforma que ella buscaba, para él y para otros, desde el mismo interior del Carmelo, en pobreza radical, en encuentro con Jesús, desde las márgenes del mundo. Eran y siguieron siendo muy distintos. Teresa era mujer de más mundo, y buscaba un Carmelo abierto a las corrientes sociales de su tiempo; SJC era en el fondo un ermitaño de amor, un hombre de pobreza interior y exterior, y así nunca dejó de ser un eremita.

Ciertamente, Teresa, que le necesitaba para su Carmelo, no quiso que él dirigiera oficialmente la Reforma, pues confiaba para ello en otras personas (en especial en el P. J. Gracián). Pero valoraba su experiencia de Dios y su sabiduría, y le juzgaba necesario para la Reforma, por el testimonio de su vida y sus dotes de educador. Y así fue como SJC vino a ser la figura más representativa del Carmelo Reformado (1568-1577), en la soledad de Duruelo y Mancera (entre Salamanca y Ávila) y, sobre todo, en la ciudad universitaria de Alcalá de Henares, donde siguió en contacto con la mejor cultura de su tiempo.

De un modo consecuente, en un momento clave, cuando a Teresa de Jesús le nombraron priora del gran convento “calzado” de la Encarnación de Ávila, donde había iniciado la vida religiosa y planeado su Reforma, ella misma quiso y logró que SJC fuera confesor y director espiritual de aquel convento, cosa que fue, desde 1572 hasta 1577, en que le llevaron preso. La Reforma no había logrado estabilizarse todavía, no se podía prever su resultado, si quedaría como un simple cambio espiritual en algunos conventos de mujeres, o si crearía un nuevo movimiento de vida en la Iglesia (es decir, en la sociedad).

El resultado dependía de Teresa de Jesús y de algunos reformados como SJC, pero también de sus opositores, entre ellos bastantes carmelitas calzados, que no aceptaban la “aventura” reformista, y otros eclesiásticos con poder e influjo social, poco propensos a los cambios. En ese contexto, a lo largo de cinco largos años, SJC vivió bastante cerca de Teresa, en la etapas que ella estuvo en la Encarnación, asumiendo la tarea de escuchar y despertar, convertir, moderar y animar a más de cien religiosas de todas las clases sociales (señoras, mujeres libres, criadas…) en aquel gran convento, que Teresa de Jesús quiso y no pudo ganar para su reforma.

Fue una gran labor, un contacto directo con la realidad, es decir, con la vida concreta de varias docenas de mujeres que eran monjas por vocación espiritual, pero también por presión social y por necesidad. Fue un experimento de aquello que pudo haber sido y no fue la reforma de conjunto de la Orden del Carmelo, sin la creación de una rama distinta de carmelitas, con lo que eso suponía de rechazo (y en el fondo de condena) de los carmelitas antiguos (calzados). Podríamos decir que su obra de confesor y reformador de carmelitas de la Encarnación no triunfó en lo externo, pero aquellos años marcaron su vida y le hicieron hombre de experiencia de amor, compañero, amigo y director de mujeres que optaban por asumir y recorrer en libertad un camino de iniciación/purificación en el amor, en la línea de lo que dirán sus Canciones. Allí descubrió en principio en sentido y las implicaciones de una Reforma expresada como Ejercicio de Amor, concretado de un modo especial en mujeres.

Reforma incierta, juicio obscuro

Quizá no era mucho lo que SJC pudo hacer externamente, pero tuvo una gran repercusión y significó un peligro para los que no aceptaban ese tipo de reforma del Carmelo. Por eso, los adversarios de la Reforma decidieron apartarle del camino, con un golpe de efecto, raptándole en secreto y llevándole preso (también en secreto, y conforme al Derecho “cristiano” y de la Vida Religiosa de aquel tiempo) a la cárcel conventual de Toledo donde quisieron que renunciara a la Reforma y aceptara la autoridad establecida del Carmelo Calzado, primero con argumentos de ley, después con halagos y finalmente con amenazas.

No era fácil optar sin más, desde la Ley oficial de la Iglesia (y desde la política religiosa de Felipe II en España), por la Reforma del Carmelo. Había muchos cabos sueltos, de manera que no podemos condenar sin más a los que encarcelaron a Juan de la Cruz. Ciertamente, en conjunto, ellos tenían sus razones, pero la forma de imponerlas nos parece hoy (2017) no sólo excesiva, cruel, nada cristiana y contraproducente, sino poco sensata, pues no sabían con quien se habían enfrentado, Juan de Yepes, ¡un hombre débil, pero capaz de mantenerse firme en medios de la persecución, precisamente por conciencia, porque sabía ya que el amor está por encima de toda ley, como iré poniendo de relieve en el comentario a las sus canciones de amor. Éste era el contexto:

En el seno de la Orden del Carmen se habían agravado las tensiones jurisdiccionales entre carmelitas calzados (la Orden antigua, oficial) y descalzos (los de Santa Teresa). Los primeros, decididos a evitar la separación de un grupo cada vez más nutrido de frailes, fueron impulsados por la curia romana y el papa; los segundos, seguidores de la regla primitiva no mitigada y ávidos de rigor, fueron apoyados por Felipe II, promotor de una reforma «a la hispana», rápida y radical. En 1575, el capítulo general de los carmelitas, reunido en Piacenza, determinó enviar un visitador de la orden para calzados y descalzos, el P. Jerónimo Tostado, con el objetivo de suprimir los conventos fundados sin licencia del General de la Orden.

No era fácil decidir en aquellas circunstancias, ni justificar sin más una reforma que parecía oponerse al orden establecido, y así eran muchos (quizá mayoría) los que empezaron respaldando a la autoridad oficial de la Orden, representada por los Calzados del gran convento de Toledo, a pesar de lo que diga con su habitual retórica la Madre Teresa en una carta en la que escribe al mismo rey Felipe II, intercediendo por Juan de la Cruz, y añadiendo que preferiría que hubiera caído en manos de moros más que de religiosos calzados.

Los que encarcelaron a SJC tenían sus razones que, posiblemente, en sentido jurídico, eran tan válidas como las razones de los reformados, al menos en eso momento, en el año 1577-1578. ¿Quién era aquel frágil y aún joven religioso, de 37 años, con aires de espiritual, para oponerse a la autoridad de la Iglesia establecida? ¿Qué sentido tenía buscar una Reforma, centrada especialmente en mujeres a las que él educaba para que desplegaran su vida en libertad interior y autonomía de amor, con riesgo de romper el orden establecido?

Parecía claro que debía mantenerse la tradición y la autoridad de las instituciones, al servicio de la Iglesia, con monjas sumisas a la jerarquía. La opción de SJC (con la Madre Teresa) aparecía ante muchos como una aventura poco realista, quizá como un oportunismo, un riesgo en contra de la verdadera libertad que se mantiene en el orden de la Iglesia, en un momento de autoridades cruzadas (la de Felipe II y la de Roma). En principio, los que optaron por el Carmen Calzado, con su autoridad sobre la Reforma, venían con la autoridad de un Capítulo General (celebrado en Piacenza (1575) y con el apoyo de F. Sega, Nuncio del Papa en España (1577-1581). Por eso, los que juzgaron a SJC estaban en “derecho” para hacerlo.

Ellos, los jueces de SJC en Toledo (empezando por el P. Jerónimo Tostado, que fue el Visitador enviado por el Capítulo de Piacenza, para calzados y descalzos) no pueden tomarse como “terroristas”, sino al contrario, eran hombres de ley. Ciertamente, utilizaron métodos de nocturnidad y ocultamiento, con prisión conventual, que hoy nos parecen contrarios a Derecho; pero eran los que entonces se empleaban en la Iglesia, y mucho más en los tribunales de la Inquisición.

No estamos, pues, ante una historia de buenos y malos, como si los descalzos (y en especial SJC) fueran buenos y los calzados malos. No se trata de bondad o maldad moral, sino de estructuras de Iglesia, y, en esa línea, la forma de actuar de los calzados en Toledo fue la que entonces se empleaba, en la sociedad civil y en la Iglesia. No estamos, según eso, ante el conflicto de unos jueces perversos (calzados de Toledo), contra un pobre indefenso (SJC) sino ante un juicio normal de autoridad de la Iglesia.

Es evidente que entre los ochenta carmelitas calzados del Carmen de Toledo había muchos moralmente intachables y santos en sentido legal, fieles a su conciencia, cumplidores de órdenes. Ellos tenían sin duda sus razones (aunque muchos pudieran sentirse molestos ante la forma de tratar a SJC, entre ellos el “carcelero” final que tácitamente le ayudó a fugarse). Lógicamente, sus raptores se juzgaban moral y religiosamente justificados para actuar como hicieron, en defensa de la Orden, de la paz social y la Iglesia. Por eso empezaron proponiendo a SJC que se retractara, que hiciera lo justo, volviendo al Carmelo establecido. Es normal que le ofrecieran una recompensa si lo hacía: Tendría lugar y ocasión para ser santo en el viejo Carmelo, siguiendo sus estudios, ocupando cargos de importancia y manteniendo la obediencia debida, dentro de la Iglesia, sin escándalos ni divisiones.

SJC se opuso, siendo por eso condenado a la cárcel conventual, como era costumbre en aquel tiempo (se hacía en las grandes órdenes, sin escándalo de las mayorías). Pero él rechazó la propuesta de sus “jueces”, que actuaban como sus superiores “ordinarios” (no había división de funciones), negando de esa forma la autoridad de sus opositores, y lo hizo por fidelidad a su conciencia y, sobre todo, por coherencia personal y libertad interna, en una causa que no estaba (en aquel momento) jurídicamente clara. Su oposición significaba un gesto clave de libertad, que podía considerarse incluso como desacato culpable, pudiendo ser castigado con la excomunión.

No se rebeló, según eso, contra unos “bandoleros”, al margen de la Iglesia y del orden cristiano, sino contra un sistema social y eclesial que le impedía vivir en libertad, con su proyecto de amor, en la línea de la Reforma de Teresa y de la descalcez, tal como él mismo la estaba interpretando. Su juicio fue, por tanto, un gesto clave de interpretación del cristianismo y de la vida de la Iglesia. Ciertamente, sus jueces creían obrar en nombre de Dios y de la buena Iglesia, dentro de un contexto de conflictos de los que estaba llena la vida de las iglesias de ese tiempo (1577-1578), y en esa línea podemos afirmar que aquellos carmelitas calzados de Toledo no eran mejores ni peores que los religiosos de otras órdenes (e incluso de los mismos Carmelitas Descalzos que aceptarán más tarde la estructura de poder de la Iglesia, en un contexto lleno de disputas, entre las que volvió a sufrir SJC en los últimos años de su vida).

No eran mejores ni peores, ésa es la cuestión. Era signo y reflejo de una Iglesia establecida, que se creía justificada para actuar en casos de conflicto de una manera represiva, para bien de la cristiandad. Pues bien, en ese contexto, SJC se mantuvo fiel a su conciencia y a su proyecto de Iglesia, como Jesús ante el tribunal del Sanedrín judío el año 30 d.C. Jesús fue condenado a muerte y crucificado. SJC pudo haber muerto también, pero se mantuvo fiel, por sus canciones de amor, y logró fugarse de la cárcel (con la ayuda tácita de uno de sus carceleros).