Pneumatología

Paloma

 


 

Espíritu Santo: Amor increado (Trinidad) y Creación de amor (Humanidad)

espiritu-santo

Por: Xavier Pikaza

6 de enero de 2007

Por largos años he enseñado Misterio de Dios/Trinidad en la Universidad Pontificia de Salamanca. He dedicado numerosos estudios al tema, fijándome de un modo especial en el Espíritu Santo, desde Los orígenes de Jesús, Sígueme, Salamanca 1976, hasta Enquiridion Trinitatis (Sec. Trinitario, Salamanca 2005). Estoy convencido de la importancia teológica y eclesial (social) del Espíritu Santo, como plenitud de Dios (tercera persona, amor mutuo) y como expresión de la identidad final del cristianismo y de la vida humana. Por eso he querido dedicar este viernes, entre el domingo de Pontecostés y el domingo de la Trinidad al estudio de la teología y experiencia del Espíritu Santo, como amor increato (Trinidad) y como Amor creado (Humanidad). Perdonen los amigos de blog si les presento a veces temas de “teología dura”. Pero es hermoso saber lo que han pensado y dicho los teólogos.

Principio cristológico y trinitario

En el centro del misterio trinitario y de la cristología está… la relación interpersonal de Jesús y el Padre (Jesús y los humanos) en el Espíritu. El despliegue personal de Jesús (en relación a los humanos y al Padre Dios) no es algo que ha surgido por primera vez dentro de la historia, sino expresión y presencia del mismo encuentro trinitario. Por eso decimos que la “persona” de Jesús es el mismo Hijo eterno de Dios. Eso significa que Dios no inventa el amor y/o encuentro interpersonal en Jesús, como si empezara a ser o tener algo que antes no fuera o tuviera. Por el contrario, Dios revela y realiza en Jesús como historia (en proceso de realización humana) su mismo encuentro de amor eterno. Desde ese fondo debemos afirmar que es en sí mismo trinidad (despliegue y encuentro interpersonal) y que Jesús como persona pertenece a su misma comunión divina, eterna… Así lo ha visto Ricardo de San Victor (cf. cap. 6, num. 45). A su juicio, Dios es caridad y ello implica encuentro personal. El Padre es persona haciendo surgir al Hijo y dándole su vida; el Hijo es persona recibiendo y devolviendo la vida al Padre. Finalmente, Hijo y Padre son personas en cuanto constituyen una comunión unitaria y abierta, suscitando y siendo juntos el Espíritu santo, que es la “tercera persona de la Trinidad”, Amado común o Amor mutuo del Padre y del Hijo, culminación personal del amor divino. Esta perspectiva interpersonal acentúa la singularidad cristiana, destacando el carácter divino (trinitario) de Jesús y el sentido inter-personal de la realidad divina, interpretándola como proceso y camino de amor…

Esta problemática (de trinidad y encarnación) define la identidad cristiana, es decir, la visión de Dios como persona: proceso de realización, encuentro entre personas. (1) Dios es procesión o despliegue de vida interior, en formas de donación de sí, de comunión y surgimiento de un nuevo tipo de persona forma de ser en lo divino. (2) Ese proceso de Dios culmina y se ratifica como encuentro o comunión entre personas. Pues bien, este Dios trinitario (que es procesión y encuentro original, eterno) ha realizado su misterio (despliegue y comunión divina) dentro de la historia, por medio de Jesús, su Hijo (mesías de la humanidad), en camino que se abre por el Espíritu. Por eso, superando el planteamiento excesivamente monádico de Barth y Rahner (cf. cap. 15, núms. 119 y 121), podemos y debemos definir la Trinidad como encuentro interpersonal en el que se vincula inmanencia divina y economía salvadora. Dios es aquello que revela en Jesús por el Espíritu y Dios revela aquello que es en su inmanencia. De esa forma introducimos a Jesús dentro del misterio trinitario.

Identidad personal del Espíritu Santo.

El Espíritu santo es persona de un modo distinto al del Padre y el Hijo, siendo amor común del Hijo y Padre, es “sujeto” nuevo siendo unión de dos sujetos, como dualidad fundante, persona comunitaria, gracia y comunión eterna de amor donde viene a fundarse toda gracia. Así decimos que es persona siendo la tercera y última persona: sujeto y plenitud donde el Padre y el Hijo se vinculan, amando juntos, suscitando en amor la vida que es perfecta (que alcanza su plenitud). Dios culmina, la divinidad se cumple y clausura en su amor cumplido, en el gozo eterno del Espíritu, que es pura gratuidad, persona que no dice “yo”, pues lo vuelve y lo devuelve al Padre y al Hijo. Más allá del Espíritu común del Padre y del Hijo, de la comunión ya realizada en forma de pura gracia compartida, no existe realidad alguna. Pero, al mismo tiempo, debemos añadir que la comunión del Espíritu es principio de toda realidad: es el encuentro de amor, amor perfecto que viene a desvelarse como principio y fundamento de todo lo que existe, de todas las personas. Teniendo eso en cuenta se podrían distinguir tres perspectivas.

(1) El Espíritu Santo es un Nosotros: Amor dual, Persona en dos Personas. Así le ha visto la tradición al presentarle como Beso en que el Padre y el Hijo se vinculan. En este fondo se puede utilizar la imagen del matrimonio como auto-donación dual, como nueva Persona que surge de la entrega mutua y simultánea de dos personas, cada una de las cuales existe para, desde y con la otra. Ese Nosotros dual, propio del Padre y del Hijo, pero abierto en amor a todos los humanos, es la nota específica, la verdad más honda del Espíritu santo como persona en dos personas…

(2) El Espíritu Santo es siempre la apertura al Otro, al Amado común, es nueva Persona que surge por el amor de dos personas… Conforme a la tradición de Ricardo de San Victor, el Espíritu Santo puede concebirse y presentarse como Aquel a quien aman juntamente el Padre y el Hijo: es Amado de Dos (=Co-amado) que se vuelve principio de amor universal. Padre e Hijo se aman entre sí en reciprocidad dual. Al hacerlo así, Ambos unidos, como Dualidad, suscitan o alientan el Amor perfecto, Aquel que no es ya de uno ni de otro, sino de ambos, pura Gracia compartida, Don perfecto. Amado compartido, Amor ya realizado plenamente, fuente y sentido de todo amor: esto es el Espíritu Santo.

(3) El Espíritu es la plenitud del mesianismo realizado, es la obra ya cumplida de Cristo y del Padre, es Reino que ellos son en apertura a todos los hombres, a lo largo y a lo ancho de una historia misteriosa. En ese sentido, podemos añadir que el Espíritu es el Dios pleno, plenamente revelado, que estamos esperando por Cristo, como don del Padre, en el corazón de la Iglesia, para todos los hombres. Por eso, en este campo, el Espíritu se puede interpretar como silencio esperanzado y creador, al lugar donde la teología del Espíritu Santo se identifica con la vida recreada (Iglesia, sacramentos), en espera del reino…

 

Conclusión

Así podemos afirmar que el Espíritu es el mismo Amor de Cristo en cuanto abierto y compartido, Amor del Padre y del Hijo ofrecido a todos los humanos, como principio de liberación y comunión concreta, en perspectiva mesiánica (es pan, casa, palabra compartida). El Espíritu Santo es la plenitud personal del despliegue divino, es encuentro de amor del Padre y del Hijo expresado y expandido en forma personal. Por medio del Espíritu, Jesús no es sólo Dios en persona, sino aquel que nos hace ser personas, expresando y expandiendo el evangelio, la buena nueva de la vida. Por el Espíritu sabemos que el mundo existe porque tiene en Cristo base y consistencia: Dios no se limita a visitarlo desde fuera; no ha pasado entre nosotros como pasa un caminante o como un simple amigo que se goza en ofrecer sus dones por un tiempo. Por medio del Espíritu del Cristo, Dios se queda como nuestro, para siempre. El Espíritu es unión de amor donde se encuentran Dios y Cristo: es la fuerza de Dios de la que brota el Cristo; amor que el Cristo nos ofrece desde el Padre.

(Cf. Este es el hombre. Manual de Cristología, Secretariado Trinitario, Salamanca 1997, 426-446, Enquiridion Trinitaris, Sec. Trinitario, Salamanca 2005, 691-693).

http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2007/06/01/espiritu_santo_amor_increado_trinidad_y

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