For the love of God (24): Why I love Dorothee Soelle

A original post by Kim Fabricius

 

This is my fourth post in the series. I admit it: I’m a promiscuous pilgrim who likes to sleep around! I can also be fickle. Dorothee Soelle is a good example: while I love her dearly, she also gets on my nerves. But then so does my wife!

I discovered Soelle in the late seventies when I came across her little Political Theology (1971) in a second-hand bookshop. She did not come well recommended, as my main man Barth had said of her “that that woman should keep silence in church!” Nevertheless, there was something passionate and powerful about this working mother who would not shut up.

Soelle was certainly a persona non grata in the German theological establishment: never was she offered a chair in her homeland. But then Deutschland’s loss was New York’s gain, as Soelle became a professor at Union Theological Seminary (1975-1987). She thrived in the cultural pluralism and social activism of the Big Apple, which markedly influenced her theology, an eclectic mix of politics and poetry, mysticism and ecumenism. No ivory tower academic, Soelle visited both Vietnam and Nicaragua in the cause of her praxis of peace and justice.

Sure, Soelle’s fragmentary work lacked academic rigour and failed to engage both with tradition and with the theological heavyweights of her time. And, yes, her obsession with the Holocaust clouded her judgement when it came to contemporary Israeli politics. But the theological scene of the last three decades of the twentieth century would have been the poorer without this godly gadfly, who died in 2003, aged 73, while leading a workshop in Bad Boll. Just hours before, Soelle had read some protest poetry on the war in Iraq, but ended with words she had written to her grandchildren: “Don’t forget the best!”

Juxtaposing Soelle’s flawed theology with her political instincts and commitments, I am reminded of a conversation between Karl Barth and Martin Niemöller. Barth: “Martin, I’m surprised that you almost always get the point despite the little systematic theology that you’ve done!” Niemöller: “Karl, I’m surprised that you almost always get the point despite the great deal of systematic theology that you’ve done!”

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2da Ronda de Reseñas: Pérez Álvarez, Eliseo. The Gospel to the Calypsonians: The Caribbean, Bible and Liberation Theology. México: El Faro, 2004.

 

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Nos reunimos en la Iglesia Luterana Divino Salvador en Cataño, Puerto Rico, durante el 6to Domingo de Pascua que caía el 16 de mayo de 2004, con el objetivo de realizar la 2da ronda de reseñas del libro: Pérez Álvarez, Eliseo. The Gospel to the Calypsonians: The Caribbean, Bible and Liberation Theology. México: El Faro, 2004.

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Algunas pinceladas de lo que dije:

Los Indios Nativos Americanos tienen 4 principios básicos:
Hablar desde el corazón
Escuchar con el corazón
Ser concisos y
Ser espontáneos

En mis años que tengo el gusto de compartir ideas con el teólogo y filósofo Eliseo Pérez Álvarez puedo decir que es muy parco al hablar, prefiere acallar humildemente su ego para tener acceso a las cruces y sabiduría vivencial de las demás personas. Pero cuando habla te conduce a: la risa, la reflexión honesta y asumir posturas. Sus planteamientos son simples y concisos como sus palabras, pero de unas profundas bases teológicas y filosóficas en las que en todo momento procura hacer entendible lo que conlleva ser realmente cristianos y hacedores del Reino de Dios desde el presente, en nuestra tierra. Su vasto conocimiento no le ha impedido ser un hombre sensible, embromón, accesible y creativamente espontáneo. Eliseo como buen descendiente indígena de la tierra azteca cumple con los cuatro principios de los indios. Su libro refleja su ser, sus opciones, sus preocupaciones y lo que sencillamente le molesta.

En su segundo libro de sermones es explícito su énfasis de que las iglesias re-lean el texto bíblico desde el contexto sociológico en el que se vive, sin el característico menosprecio de nuestras raíces. […] nos reta a ampliar nuestra limitada visión cartográfica aprendida. Haciendo esto, busca validar las otras culturas, modos de pensar, amar, hacer, predicar, adorar, comer, bailar, cantar y vivir.

Es su intento de Re-formarnos el pensamiento de manera creativa al invitarnos a “aprender a desaprender” el programado y acostumbrado diskette mental y re-construirnos nuevamente, según los valores innegociables del Reino: la vida, la dignidad humana, la solidaridad, el amor y los derechos humanos.

El libro es una joya homilética no sólo para el Caribe, sino para toda Latinoamérica por su pertinencia social, teológica y pastoral en los tiempos que vivimos.

Su obra nos alecciona en muchos tópicos de los cuales sólo voy a mencionar algunos: en ver con sospecha la historia escrita y dicha por los poderosos; a reorientar el mapa bíblico y hermenéutico, y a su vez, aterrizar nuestra cielografía y el Reino de Dios; en celebrar y aprehender la diversidad, porque Dios nos ha creado diferentes y con carismas distintos con el propósito de mostrar que en sus moradas cabemos todos; a validar a que soñemos… un mundo mejor; a ser y pensar diferente; a ser tal cual somos: originales; a ser holísticos en nuestros discursos teológicos y pastorales; que el pecado es la pérdida de identidad personal e histórica; que el diablo no es una persona, sino todo aquello que tiende a dividir, separar, excluir; que el amor, la solidaridad, el compromiso, la aceptación, une; la apatía, el odio, el miedo, la ignorancia y la tolerancia, divide.

El autor se posiciona con los perdedores del mundo, como Jesús en su tiempo, para promover la libertad, el amor, la solidaridad comunitaria por la esperanza de otro mundo utópico, del Reino de Dios. El subvierte el orden actual por el orden divino, es un desobediente civil y eclesial para ser un agente social de consciencia transformadora por su obediencia a Cristo. Más aún, al Reino. Eliseo es un profeta de Dios en nuestros tiempos.

Como profeta es un hombre de una aguda sensibilidad para discernir los argumentos que acarrean división, exclusión y muerte. Y con valentía se posiciona para denunciar y anunciar, como buen teólogo de la cruz, con nombre y apellido las potestades del mal sin cansarse de repetir lo mismo en beneficio de devolverle la dignidad a todas las personas atropelladas, silenciadas y vejadas de nuestras iglesias y sociedades.

El libro del Dr. Pérez se puede ubicar bajo la sombrilla de la Teología de la Liberación y variadas teologías contemporáneas, la Teología Feminista Latinoamericana, la Afro-Americana, la Indígena, la Ecuménica y la tan invisibilizada Teología Queer.

Eliseo des-invisibiliza la homofobia eclesial. El autor es de los pocos y atrevidos pastores latinoamericanos que ha escrito a favor de las minorías sexuales dentro de nuestro contexto marcadamente machista y heterosexista. Lo hace con audaz valentía con el propósito libertario de restaurarnos nuestra dignidad de personas en el común seguimiento de Jesucristo, sin coartar nuestra sexualidad o nuestra fe. Desde hace unos años el Dr. Luis Rivera Pagán viene anunciando que las iglesias deben tomar carta en el asunto y asumir posturas liberadoras e igualitarias con nosotras y nosotros. Eliseo con esta obra se suma en el anuncio liberador de las Buenas Nuevas a la Comunidad Queer de manera pública y por escrito.

Eliseo me ha abierto la puerta para que no me quede en el silencio y la negación. Y estoy aquí como lesbiana y cristiana tomando el lugar que me corresponde en la Casa de Dios como su hija amada. Ese es uno de mis dones y mis cruces, por ende, la lucha que me pertenece a mí batallar, pero junto a la Comunidad LGBTT y aliad@s: buscar espacios igualitarios en las iglesias para la Comunidad Queer en todos los ministerios, incluyendo la pastoral. Las personas homoeróticas no queremos más tolerancia apática y jerárquica, deseamos la aceptación e inclusividad solidaria real de todo nuestro ser, como también bautizados en el Espíritu de Dios. Eliseo en sus sermones, “Third Sex Christians” y “Liberating News for Queers” nos da nombre, nos da rostro, nos hace persona y nos hace dignos como criaturas de Dios.

El corazón de Eliseo se ha desnudado con esta excelente obra y muestra lo que el calendario litúrgico nos dice hoy en el Evangelio de San Juan (14:23, 27): “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él”. Y como fiel y valiente discípulo de Jesucristo habla y liberta sin miedo. A su vez, como hijo de su tierra mexicana también cumple con los 10 Mandamientos Indígenas, Eliseo:

Permanece cercano al Gran Espíritu
Muestra gran respeto a sus semejantes
Asiste y es solidario con quien lo necesita
Es verdadero y honesto en todo tiempo
Hace lo que sabe es su deber
Busca no sólo a las personas íntegras y sanas, sino a las que están en proceso de sanar
Trata la Tierra y todos sus habitantes con respeto
Asume total responsabilidad de sus palabras y actos
Dedica sus esfuerzos al Gran Bien Común
Trabaja en equipo para el bien de toda la humanidad

Pastor, maestro y amigo, gracias por tu modelaje de la orto-doxia y la orto-praxis cristiana, por tu anuncio y denuncia, por tus categorías filosóficas y tu teología de la cruz liberadora, por tu centralidad en la mesa tanto eucarística como en la mesa diaria, por devolvernos la historia silenciada, por tu calidad humana, por tu alma indígena y caribeña y por tu contínua opción por los perdedores del mundo como Dios lo hizo. Que viva el Jammin, el Jamar (comer) y el Calipso! Que Dios te continúe bendiciendo tanto a ti como a Gina. Y a echar pa’ lante que en el cielo/tierra hay fiesta hoy.

P.D.: Me antecedí a la decisión de inclusividad de la ELCA (EE UU) por varios años. Además, las fotos son una copia de las originales, pero al tener gloss estábamos arropadxs por la luz y pierden visibilidad, también añadí las que tenía el documento original.

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Ensayo crítico a Ángel Darío Carrero

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Por: Luce López-Baralt

 

“La rosa es / sin por qué/ florece/ porque florece” (p. 315)[1]. Tras apurar el cáliz infinito de la experiencia mística, Angelus Silesius aprendió a leer el lenguaje secreto con el que las criaturas entonan su cántico callado a Dios. Claro que Johannes Scheffler (1624-1677), quien firmaría su Cherubinischer Wandersman. El peregrino querubínico con el nombre de Angelus Silesius en el siglo XVII, cantó estos altos misterios en su alemán vernáculo, sirviéndose de alejandrinos rimados de “lacónica y sensible cadencia”. Así describió los epigramas Jorge Luis  Borges[2], quien, en su oda “Al idioma alemán” destacó a Silesius entre sus poetas preferidos:

Mis noches están llenas de Virgilio,

Dije una vez; también pude haber dicho

De Hölderlin y de Angelus Silesius.

Ángel Darío Carrero, que también tiene por poeta predilecto a Johannes Scheffler, ha vuelto a entonar el encendido cántico alemán en castellano, partiendo de la versión original y compulsando las numerosas traducciones de que ha sido objeto al inglés, italiano, francés y español. A la traducción pionera de Borges y María Kodama (1981) al español han seguido las de Rogelio Rodríguez Cáceres, Lluis Duch Álvarez y Juan Campo Pampliega: tras trabajar por cerca de 18 años con todo este material –pero sobre todo con el original alemán– el poeta puertorriqueño nos entrega un libro de renovada pasión que convierte los venerables dísticos silesiusianos en un inesperado libro de oración. Al potenciar la osadía poética de la plegaria original alemana, Ángel Darío hace que consuene perfectamente con nuestra sensibilidad contemporánea. Estamos, de otra parte, ante un libro de madurez en el contexto de la obra poética anterior de Ángel Darío Carrero, y no dudo en calificarlo como único en la historia de la poesía puertorriqueña, pues constituye un inesperado diálogo intertextual con la poesía alemana del siglo XVII. No es poco.

El poeta puertorriqueño reconfigura el título del Peregrino querubínico, eliminando la noción de “peregrinaje”, de seguro porque intuye que el antiguo cantor ya ha terminado de recorrer su camino espiritual y canta desde la cima misma del éxtasis. El poeta que ahora vacía en odres nuevos los dísticos alemanes tan sólo aspira a dejar su huella inquieta—de ahí su título, la Inquietud de la huella—en las incomparables monedas místicas de Silesius, como llamó Borges a los dísticos alemanes. Pero el nuevo cantor deja mucho más que su simple huella: logra cantar al unísono con Silesius: estamos escuchando dos poetas a la vez,  pero tan bien geminados que no advertimos fisura alguna en su canto unificado. En este libro podemos degustar tanto las vivencias espirituales de Silesius como la dulzura de los haikus de Angel Darío, sin que uno reste nada al otro. Al contrario: ambos poetas potencian mutuamente las intuiciones poéticas másaltas del otro.

Claro que, ya se sabe: traduttore, traditore. Angel Darío ha “traicionado’ de tal manera los dísticos alemanes que se declara no traductor, sino “intraductor” de ellos, haciéndose eco del feliz término del poeta brasileño Augusto de Campo. El proceso no es nuevo, pues el propio Silesius lo practicó al apropiarse de pasajes de Meister Eckhart, Jacob Boheme y Daniel Czepko von Reigesfeld.

Veamos más de cerca esta lograda “traición” poética gracias a la cual podemos escuchar a Silesius con más cercanía espiritual que nunca. Aunque siempre me ha conmovido la pasión de las paradojas místicas del poeta alemán, sentía distantes algunos de sus epigramas. Muchos son expresiones breves de sabiduría condensada, que se pliegan al discurso aleccionador propio del sermón o a la teología cristocéntrica. Uno de los primeros aciertos de esta intraducción es que los dísticos de Silesius han quedado prácticamente vaciados del dogma y de la alusión eclesial cerrada: el intraductor los ha hecho volar con libertad inusitada. Podemos atisbar de cerca el proceso porque Ángel Darío consigna en cada página la versión original alemana de los poemas. Advertimos así que en la nueva modulación del epigrama 62 el intraductor evita la alusión a la cruz del Gólgota, quintaesenciándola en “la cruz” (p. 88), mientras que en el dístico 103 (p. 129), la voz “Mesías”, tan cargada de pugnas teológicas, se suaviza como “el Enviado”. Hasta tal punto logra el nuevo poeta aligerar las anclajes histórico-teológicos de Silesius que estos nuevos versos libérrimos, sin dejar nunca de pertenecer al místico alemán, los hubiera podido firmar un budista o un sufí o un místico de cualquier fe religiosa. Sospecho que la “intraducción” de Angel Darío podría ser en un instrumento excelente para el diálogo interreligioso.

Pero la novedad más importante de la versión española del Peregrino querubínico es el cambio que el nuevo poeta introduce en la dirección del diálogo: mientras Silesius hablaba con los fieles en tercera persona –-a menudo con un inevitable aliento catequista—ahora Angel Darío habla de tú a Tú con Dios. Este giro tenue pero decisivo del caleidoscopio poético logra el prodigio: los dísticos hispanizados no aleccionan, sino que oran; no instruyen, danzan. Observa Juan Martín Velasco en su prólogo al libro que El peregrino querubínico pasa a ser, de “’teología en verso’ a lenguaje de la experiencia”.

Al dirigirse a un “Tú” supremo, como adelanté, los poemas se convierten en plegaria. Nos es dado escuchar por vez primera las oraciones íntimas que Silesius susurraría a su Creador en alguna Iglesia alemana del siglo XVII borrada por el tiempo: es como si Angel Darío hubiese levantado el velo de pudor que cobijaba las antiguas plegarias silenciadas, que nos devuelve con su pasión palpitante intacta. Conmovedor acierto: la “traición” del intraductor puertorriqueño ha logrado colocarnos más cerca de la intimidad espiritual de Silesius de lo que hicieron que sus propios dísticos originales. Al alterar las personas gramaticales y al obviar la alusión directa a Cristo, hijo de Dios, que hizo Silesius en el dístico 17, el intraductor ambigua el posible significado del verso: “estoy sentado a tu diestra/ tu espíritu/ tu carne/ y tu sangre/ me han reconocido/ soy tu hijo” (p. 43). No sabemos quién habla a Dios Padre, Jesús o el poeta místico, o ambos, unificados, a la vez: hermosa manera de declararnos hermanos en Cristo, no cabe duda. Este novedoso diálogo poético en segunda persona me lleva a recordar lo que un amigo sacerdote observó en la Voz a ti debida: si Pedro Salinas hubiera puesto en mayúsculas el apasionado “tú” que entrevera el poemario, en vez de versos de amor a una mujer habría escrito un libro místico.

En una nueva trasgresión literaria, el poeta puertorriqueño no se constriñe a la cadencia reiterada de los alejandrinos originales, sino que los hace aletear en versos libres, que danzan ahora con un nuevo ritmo. Martín Velasco celebra el experimento poético: “Se diría que, a la llamada del traductor, los yacentes alejandrinos alemanes se han puesto en pie, han quedado suspendidos en el aire, dando así la impresión de levedad […] el ritmo ascencional […] corresponde […] al movimiento de divinización que quieren expresar” (p. 15). Los versos, en efecto, ahora llamean en espiral y ejecutan la danza ritual del fuego místico abrasador. Silesius está celebrando la cima misma del éxtasis, y estos nuevos versos volatilizados corresponden con más fidelidad al espacio rarificado de la teopoiesis que los alejandrinos de ritmo silábico uniforme. Al menos, así lo sentimos los lectores del siglo XXI.

El poeta intraductor no descarta, de otra parte, fundir los títulos de los versos en el cuerpo mismo del poema, ni alterar el orden de los versos. El dístico 5, que en la versión de Borges, muy fiel por cierto al original alemán, lee “No sé lo que soy, no soy lo que sé: una cosa y una no cosa, un punto y un círculo” (p. 13), lee hora así:

No sé lo que soy

una cosa y no una cosa

un punto y un círculo

no soy lo que sé

En la nueva modulación poética la reflexión ontológica de Silesius queda potenciada: aunque el emisor de los versos sea incapaz de conocer los límites de su alma infinita, sabe bien que ésta no se limita a lo que conoce de su propio yo en este plano de conciencia. El orden de los versos se pliega pues al significado profundo del poema en la nueva intraducción, que saca a flote el mensaje subliminal de Silesius.

El relato autobiográfico de las vivencias de un alma en presencia de Dios que constituye el Peregrino querubínico de Santa Teresa, pero resulta aun más osada. En su vibrante Song of Myself, por parafrasear a aquel rotundo cantor del yo profundo que fue Walt Whitman, Silesius prodiga las paradojas. Los místicos suelen expresar el éxtasis indecible con un lenguaje apofático a base de contradicciones: como saben que la experiencia fruitiva del Todo sobrepasa el lenguaje, cuando afirman algo acerca de Dios, enseguida se desdicen con la afirmación contraria. Recordemos “la música callada” de san Juan de la Cruz: el poeta describe a Dios como música, pero como realmente Dios no es así, enseguida se desdice acallando la melodía: música callada. Otro tanto Silesius, que en sus paradojas no hace otra cosa que luchar contra un lenguaje insuficiente: se trata de una modulación más de la coincidencia oppositorum de Nicolás de Cusa, celebrador de la Docta ignorantia. O del “Aleph” infinito que Borges intenta inútilmente abarcar con el lenguaje: “arribo ahora al centro de mi relato: comienza aquí mi desesperación de escritor”. Y nos derrocha oximorónicas escenas a-temporales: “caballos de crin arremolinada en el mar Caspio en el alba” junto a la “delicada osatura de una mano”. Silesius podría exclamar con ellos y con Whitman, siempre consciente de sus paradojas: “Do I contradict myself? Very well then: I do contradict myself; I am large, I contain multitudes”. Todo escritor místico entabla una lucha agónica para dar alguna noticia, siquiera aproximada, de su experiencia supraverbal. Lo dice Silesius en un verso incomparable: amo/ una sola cosa /no sé lo que es / y porque no sé/ la elijo” (p. 69).

Una lectura comparativa del original y su versión hispánica nos confirman que los “dislates” del místico alemán siempre quedan potenciados en su nueva versión española: ello no es de extrañar, pues la poesía de Ángel Darío se encuentra entreverada a su vez de paradojas semejantes. El intraductor está a gusto con su poeta elegido, y por ello incluso logra embellecer los dísticos que los demás traductores dejaron de lado por su modesta calidad estética.

Silesius sigue celebrando su engolfamiento en el seno de Dios con su acostumbrados excesos poéticos. Como el camino del alma ha tocado a su fin, el emisor de los versos se sabe a salvo del mundo creado. Pero también, para sorpresa del lector, se declara libre también de la intercesión misma de los ángeles. Curioso que lo diga quien se llamó a sí mismo “querubínico”[3]. Su posición antropocéntrica, con todo, es cónsona con los postulados del renacentista Pico della Mirandola, que postulaba en su Ensayo acerca de la dignidad del hombre que éste puede sobrepasar la condición angélica por su capacidad de unirse con Dios mismo. Oigamos cómo lo dice Silesius en su nuevo odre hispánico:

Déjenme, serafines,

que no pueden calmar mi sed

fuera de aquí

todos los ángeles

con su gloria y resplandor

déjenme solo

frente al mar increado

sobre la cresta de las olas

Divinidad desnuda

me arrojaré

Con su constante alusión a los abismos del mar y al espacio interestelar, Silesius sugiere poderosamente la tesitura infinita del trance místico. El poeta puertorriqueño nada muy a gusto por estos mares silesiusianos sin orillas porque, una vez más, han sido leit motiv de sus propios versos. Los dos abismos–el alma del místico y la esencia infinita de Dios– se llaman: “Para encontrar/ mi principio y mi fin último/ debo sumergirme en ti /y tú en mí” (p. 32). En este camino que culmina vertiginosamente en el Todo, el emisor de los versos, elevado en Dios más arriba “que los luceros del alba” (p. 308), descubre que también él es sin medida: “busco tu fundamento / te sondeo/ sin sonda/ te mido/ sin medida/ ¡al fin lo comprendo! /soy uno contigo” (p. 68).

Algunos estudiosos han advertido el sabor panteísta del contemplativo alemán, que Ángel Darío respeta al máximo: “no puede existir /muerte más dichosa / desaparecer en ti / contigo” (p. 54).  Los excesos de la experiencia mística han hecho proferir este tipo de exclamación a los místicos de todas las persuasiones religiosas. “Amada en el Amado transformada” dejó dicho, sin ambages, san Juan de la Cruz, quien también aseguró que el alma se “endiosa” y se “deifica” en la culminación del abrazo con Dios. Lo supo bien Al-Hallach, que exclamó “¡Yo soy la Verdad!—Ana l-Haqq—y Al-Bistami, que terció, en vez de subhan Allahsubhani (“gloria a mí”). Ernesto Cardenal tampoco tuvo reparos en celebrar lo absoluto de su unión con Dios: “no es lo mismo estar juntos que ser lo mismo”. Importa no malentender estas avasallantes “songs of Myself”: los expertos en teología mística suavizan los alcances de lo que quisieron expresar estos contemplativos que en sus éxtasis unitivos sintieron que participaban momentáneamente de la Esencia Divina. Los he evocado para que no nos dejemos asombrar por las exclamaciones de Silesius, que son de las más extremas de toda la mística cristiana. He aquí uno de sus “dislates” más arriesgados: “me han llamado hijo/ podrían igualmente/ haberme llamado Dios/ te han reconocido/ a ti en mí/ a  mí en ti/ porque tú y yo/ somos lo mismo” (p. 281). El intraductor potencia al máximo los dísticos originales de Silesius, que suelen ser más píos en la versión alemana original. “Seré María/ y te daré a luz”, exclama Ángel Darío, quintaesenciando a traición otro de los poemas del Peregrino querubínico.

Dios busca al poeta místico con el mismo ardor con que lo busca el místico abrasado de amor: “cuando te grito:/ ¡mi Dios y mi todo!/ escucho/ el eco de tu voz/ que me dice/ ¡mi amor y mi todo!”. La dicha de ser infinito es tal que Dios mismo se pliega a su criatura: “estoy/ tan unido a ti / que no puedes condenarme / a no ser/ que te arrojes / conmigo / a las llamas/  y a la muerte” (p. 123). Vamos de extremo en extremo: “en verdad no eres nada/ eres algo/ tan solo/ porque me has elegido” (p. 2227). También san Juan supo de esa momentánea impecabilidad del alma unida a Dios, donde todo se armoniza: “ya bien puedes mirarme/ después que me miraste/ que gracia y hermosura en mí dejaste”. El beso embellecedor de Dios identifica la criatura con su Creador. Estamos ante un diálogo de esencias devenidas infinitas, un diálogo de igual a igual: “Somos/ el intercambio” (p. 132). Para potenciar esta verdad, el intraductor obliga los versos a mecerse rítmicamente:

me importas tanto

como yo a ti

yo te ayudo

a mantener tu ser

y tú el mío

Me sostienes te sostengo

eternamente

columpiamos

Hasta aquí hemos escuchando al místico inmanente: el que, según Evelyn Underhill, siente a Dios íntimamente cerca, como un Amado en el que se subsume con absoluta confianza. Estos son, según la experta, los místicos más “sanos” y amorosos de todos. San Juan apostrofaba a Dios con deliquios amartelados como “vida mía” y “mis amores”, y Silesius no se queda atrás con sus apelativos tiernos de “vida mía” y “mi luz” (p. 41). Pero no todo son caricias verbales en el Peregrino querubínico. Llega el momento en el que Silesius se asombra de su inusitada cercanía al Dios trascendente, y lo percibe entonces como un Ser infinitamente alejado de él. Se convierte así en un místico emanente, es decir, ya distante de su omnipotente Creador. Nuevamente nos columpiamos de un extremo a otro en el cántico alemán hispanizado: “si es verdad/ que soy una criatura/ salida de ti/ ¿cómo es que aún me mantienes/ en tu seno?/ acláralo/ sin separarme de tu lado” (p. 133). El infierno, por cierto, acecha aun desde el fondo del alma del místico endiosado: “el cielo está dentro de mí/ también anidan dentro/ los tormentos infernales/ lo que yo elija/ vivirá conmigo” (p. 17). En esta nueva modulación del éxtasis, la criatura depende de su Padre Eterno: “si miro al sol/  y pierdo la vista/ serán culpables  mis ojos/ no tu gran luz” (p. 204). Hemos pasado de la confianza más atrevida a la admisión del estado subordinado de la criatura vulnerable: gyra gyrando vadit spiritus.

 And yet, and yet Peregrino querubínico—tanto en alemán como en la versión hispana que lo potencia—ha sido la celebración exultante, incluso, osada, del éxtasis unitivo. Volvamos al dístico más famoso de Silesius: “La rosa es/ sin porqué/ florece/ porque florece/ no se presta atención/ a sí misma/ no pregunta/ si alguien la ve” (p. 315). Ahora podemos comprender mejor el alcance místico del aparente laissez faire de la despreocupada rosa silesiusiana, de sobre tonos budistas. Es precisamente un maestro Zen, Shizuteru Ueda, quien interpreta el “dejamiento” de la rosa: considerando que su florecer ya no es un fenómeno natural, sino un acontecimiento en Dios, un evento divino: ‘la rosa ha florecido desde toda la eternidad en Dios’. Cuando Silesius y su intérprete Ángel Darío enuncian el florecimiento de la rosa, aluden a la morada mística más alta: aquella en la que el contemplativo asume ya el universo sub specie aeternitatis: “un animal o un árbol [constituyen] un mensaje fiel que expresa sin ninguna tergiversación posible lo que Dios exactamente quiere expresar con eso,  y nada  más que eso. […] Cada cosa cumple fielmente en su ser loque Dios quiere que sea. Cada estrella, […] está contestando en el cielo: “¡aquí estamos!”. Todas las cosas irracionales son el deseo cumplido de Dios”[4]. Por eso el poeta nicaragüense pudo afirmar que todo ora en el universo: el coyote cuando aúlla solitario en la noche, la paloma cuando arrulla, el ternerito tierno cuando llama a su madre, las ranas cuando croan, Romeo cuando silba bajo el balcón de Julieta. San Ignacio lo supo bien, pues cuando acariciaba con su bastón las florecillas del campo les decía: “callad, ya sé lo que me decís”[5]. El místico que es capaz de celebrar con unción el obediente florecer de las flores, simple pero milagroso, sabe bien de la armonía última del universo en el seno de Dios. Lo explicita Silesius en otro dístico: “La rosa/ que ven mis ojos/ ahora/ florece/ en ti/ desde siempre/ y para siempre” (p. 134). Comulgar desde adentro con la rosa es orar la máxima plegaria: “Hágase Tu voluntad”. El místico alemán adquiere una gran ternura en el verso de Ángel Darío: “no hay plegaria/ que prefieras sobre ésta:/ adorada sea Tu voluntad/ y hágase”

Salta a la vista que las monedas místicas de Silesius, en su nueva acuñación bajo el sello inquieto de la huella de Ángel Darío Carrero, exhiben con fuerza renovada todo el manantial de riqueza inagotable de la vividura mística. Emocionante pensar que el venerable Peregrino querubínico alemán ha adquirido un cobijo poético puertorriqueño en esa “montaña liberada” que constituye su intraducción. Con ella el nuevo poeta pone a orar al siglo XXI al son de los dísticos renovados del gran poeta del barroco alemán. Nuestro poeta intraductor, alquimista como lo fuera Silesius[6], logra, como dije, obrar el milagro de darnos a leer dos poetas en uno. En su feliz alquimia poética, ningún poeta pesa más que el otro: ambos se compenetran y se potencian mutuamente. Asistimos al misterio místico del Unus/ambo –“el Uno que es dos”–hecho poesía.

¿Qué pulsión secreta movería a un escritor caribeño a acometer a empresa de verter por primera vez en español la totalidad del Libro I del Cherubinischer Wandersman? Estamos ante uno de esos misterios, como diría Don Quijote, “cuya averiguación no se ha de llevar hasta el cabo”. Así lo afirmó Silesius: La rosa es sin por qué/ florece porque florece. Celebro vivamente que esta rosa sin por qué haya florecido esta vez en mi tierra puertorriqueña.

          Gracias, Darío, por hacerlo posible.

Notas:

[1] Cito siempre por la edición de Trotta (Madrid, 2012): Inquietud de la huella. Las monedas místicas de Angelus Silesius. Prólogo de Juan Martín Velasco.

[2] Jorge Luis Borges y María Kodama, Cien dísticos del viajero querubínico de Angelvs Silesivs. Ediciones de la Ciudad, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1981, p.10.

[3] Silesius llega al extremo de sentir su alma endiosada por encima de la mismísima Virgen María: “María/ enaltecida en los cielos/ se que puedo subir/ aun más alto que tú/ yque todo el tropel / de los santos/ siempre todavía más allá” (p. 312).

[4], Ediciones Nicarao, Managua, p. 100.

[5] Hipólito Jerez, S. J., Ternuras ignacianas, Bogotá, 1941, p. 32.

[6] Vaya como ejemplo el dístico 280: “la piedra del alquimista/ nada es/ la piedra angular/ es tintura de oro/ piedra de todos/ los que aman la sabiduría” (p. 306).

 

http://www.elnuevodia.com/entretenimiento/cultura/nota/ensayocriticoaangeldariocarrero-2048577/