Grace Paley, escritora y activista

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Por: Rodrigo Fresan

Grace Goodside, hija de ruso-ucranianos exiliados por orden del zar, nació en el neoyorquino barrio del Bronx en 1922. Firmó sus libros como Grace Paley. Falleció el pasado miércoles 22 de agosto [2007] en Thetford Hill (Vermont). Tenía 84 años de edad.

Una guía de escritores elaborada en el año 2000 por la revista digital Salon.com lo dice con las palabras justas y segura de que nadie podrá rebatir semejante afirmación: “Raramente se encuentran lectores a los que les gusta Grace Paley; porque a Grace Paley se la ama”. Y punto.

Hija de ruso-ucranianos socialistas exiliados por orden del zar en 1906 y nacida en el neoyorquino barrio del Bronx en 1922 como Grace Goodside (deformación anglo de Gutseit), Paley firmó siempre con el apellido de su primer y efímero marido apenas tres libros de relatos, breves en páginas pero inmensos en logros, que fueron más que suficientes para convertirla en una admirada Gran Dama de las letras de su país: Batallas de amor (1959), Enormes cambios en el último minuto (1974), Más tarde el mismo día (1985) todos reunidos en 1994 en Cuentos completos (Anagrama), que resultaría finalista tanto del National Book Award como del Pulitzer. Un joven Philip Roth fue quien, exultante, reseñó su primera obra en las páginas de The New Yorker. Pronto Susan Sontag, Donald Barthelme, Angela Carter y -más cerca, más jóvenes- Lorrie Moore y A. M. Homes se unieron y seguirán uniéndose al festejo.

Paley gustaba de definir lo suyo, con modestia, como “historias sobre gente normal” y se la puede ubicar sin demasiados problemas dentro de la tradición inmigrante-judeo-americana junto a Henry Roth, Isaac Bashevis Singer, Bernard Malamud y Saul Bellow. Lo que no impide distinguir, sin esfuerzo, sus rasgos más que particulares. Una ácida mirada femenina dentro de un territorio hasta entonces reservado a los hombres y una incansable necesidad de renegar de ciertas tradiciones ancestrales sumada a una pasión por oponerse a poderosos y opresores. Esto la llevó -ya desde la década de los cincuenta del pasado siglo, a propósito de la proliferación de armas atómicas- a convertirse en una respetada activista y “feminista a la que le gustan los hombres”, que alcanzó gran renombre durante las marchas contra la guerra de Vietnam. El título de uno de sus ensayos lo dice todo de su carácter: 365 razones para que no haya otra guerra. Paley -que gustaba presentarse como “pacifista combativa” o “anarquista cooperadora”- fue arrestada en 1978 por desplegar un estandarte antinuclear ante la Casa Blanca y siguió protestando hasta el último día contra la invasión de Irak.

Tal vez tanto movimiento atentó contra la quietud de la escritura de una muy esperada novela por parte de sus editores. “El arte es muy largo y la vida es muy corta”, se excusó Paley, quien reconocía ser “poco disciplinada” y alguien que supo “desarrollar hábitos de trabajo, pero todos malos”. Aun así, lo cierto es que sus ficciones cortas pueden leerse y apreciarse como una suerte de amplia y luminosa saga desarticulada, con personajes que desaparecen y reaparecen (la madre divorciada y de izquierdas Faith Darwin, en varios de sus cuentos, puede ser entendida como un transparente álter ego suyo aunque Paley prefería llamarla “una amiga muy cercana”, prosa precisa que anticipa modales posmodernos y finales donde nada parece acabar del todo. Uno de sus relatos más célebres Una conversación con mi padre, en Enormes cambios… funciona como credo estético a la vez que declaración de principios. Allí, un padre enfermo se queja de la vaguedad de los finales de su hija escritora y le pide, casi como última voluntad, “una historia sencilla, como las que escribía Maupassant o Chéjov, como las que solías escribir tú”. La hija lo intenta, quiere complacerlo; pero ya no se le ocurren ese tipo de tramas porque ahora “desprecia esa línea absoluta entre dos puntos y porque todos, reales o inventados, se merecen el destino abierto de la vida”. Así, el padre pierde y nosotros ganamos.

En lo que a Paley se refiere, ella consideraba que “la única obligación de un escritor pasa por dejar en este mundo un poco más de justicia de la que encontró al llegar”. Misión cumplida y -a su padre le habría complacido- final cerrado. Y también, de algún modo, a pesar de la tristeza del adiós, final feliz.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de agosto de 2007.

http://elpais.com/diario/2007/08/27/agenda/1188165601_850215.html

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